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La sociedad cubana —y los sujetos que la componen— muestra hoy rasgos cada vez más complejos. Emergen identidades diversas, algunas se consolidan y otras se debilitan. De ese proceso resulta un interesante movimiento caleidoscópico que, en medio de la crisis y las urgencias que esta genera, no alcanzamos a ver lo suficiente.
Más allá de los sujetos económicos, los que suelen estar en el centro del análisis y las categorizaciones, se mueven otros, otras identidades, otras comprensiones sobre las relaciones: las que moldean, por ejemplo, tipos diversos de familias, así como modos diferentes de comprender y asumir el vínculo sexoafectivo.
¿Estamos frente a una “moda global”? ¿Se evoluciona en los vínculos o solo se escapa de la responsabilidad con las otras personas? ¿Se trata solo de modelos o de tipos diferentes de relacionamientos?
Para indagar en estos asuntos, converso con Alberto Roque Guerra. Roque, como es conocido en los espacios de reflexión y movilización, aporta una mirada concisa, con una visión flexible que da cuenta de años de análisis y síntesis desde la experiencia práctica y la indagación teórica.
De manera diáfana y hábil, logra comunicar su diálogo con los datos y los relatos que emergen alrededor de esta —por él reconocida— lucha política por los derechos de quienes han sufrido discriminación social por ser los “no normales”.
Doctor en Medicina, especialista en Medicina Interna y diplomado en Cuidados Intensivos, Alberto Roque es miembro de la Sociedad Cubana Multidisciplinaria para el Estudio de la Sexualidad (SOCUMES), de la Latin American Studies Association y de la Asociación Profesional Mundial de Salud Transgénero (WPATH por sus siglas en inglés).
Graduado como educador de derechos humanos por el Centro Internacional de Educación en Derechos Humanos “Equitas”, Máster en Bioética por la Universidad de La Habana, ha sido consultante para UNFPA en la República de Guatemala para la elaboración de la Estrategia de Atención de Salud a las Personas Trans. Saber este que ha puesto al servicio de Cuba como Miembro de la Comisión Nacional de Atención Integral a Personas Transexuales.
A lo largo de una veintena de artículos científicos comparte su acumulado práctico y reflexiones teóricas. En su práctica se desempeña como activista por los derechos de las sexualidades no heteronormativas; fundó en 2010 el grupo Hombres por la Diversidad (HxD) e integró el Comité Organizador de las Jornadas Cubanas contra La Homofobia. Ha impartido conferencias sobre diversidad sexual, género y salud sexual en universidades cubanas, talleres en espacios comunitarios y en el Tribunal Supremo de la República de Cuba.

Comencemos por los términos al uso. Es cada vez más recurrente escuchar sobre poliamor, parejas abiertas, triejas, entre otros. ¿Qué significan respecto a las relaciones sexoafectivas?
Todos los términos hacen alusión a uniones, prácticas sexoeróticas y asociaciones sexuales que no se alinean con la monogamia. Es decir, no reconocen la exclusividad erótica ni afectiva en pareja. Las relaciones no monogámicas, ya sean del mismo género o de diferentes géneros, pueden constituirse —o establecerse durante la relación de pareja— mediante pactos y acuerdos de no exclusividad. No son nuevas, son solamente más visibles.
En el caso del poliamor, se diferencia de los otros términos en que existen relaciones afectivas, eróticas, intimidad y compromisos compartidos con más de una persona (generalmente son tres), que pueden ser del mismo género o de otro género.
En esas uniones se construye un proyecto de vida en el que también se acuerdan límites de forma estable o dinámica.
Desde tu experiencia como activista en procesos de educación sexual, ¿qué alcance tienen estos modelos polirelacionales en la sociedad cubana?
No me atrevo a definir el alcance en la sociedad cubana. Desde mi experiencia, sí doy fe de que son cada vez más visibles y que generan curiosidad. En menor medida producen incomprensiones, sobre todo a nivel familiar. En situaciones más singulares aún, algunas triejas (relaciones poliamorosas entre tres personas) han solicitado asesoría profesional, no por la relación en sí misma, sino por el manejo de los conflictos que emergen a nivel externo, familiar y privado.
¿La emergencia de estas formas de relacionamiento supone que las relaciones monógamas, o los pactos de exclusividad sexoafectiva, entran en desuso?
No, en lo absoluto. Todas las formas de uniones sexoafectivas son válidas y todas enfrentan desafíos similares, salvo las diferencias determinadas por el grado de exclusividad, la negociación de las relaciones de poder, el grado de apego y desarrollo de las potencialidades individuales de las personas que conforman esas uniones. La monogamia puede ser enriquecedora y fuente de bienestar psicológico.
¿Qué alertas y qué sugerencias usted haría a las personas que deseen experimentar este tipo de vínculos plurales?
Espero que la respuesta a esta pregunta no sea tomada con enfoque prescriptivo. Me atrevo a establecer líneas generales, basadas en mi entorno y en mis aprendizajes teóricos.
Anotaría, primero, la comunicación, confianza y transparencia en las negociaciones de los pactos y límites que se establezcan. Acompañada de un compromiso real y construcción de una intimidad donde predomine el consenso, sin violencia ni coacción.
En ese proceso, es importante deconstruir las relaciones de poder y la estratificación que imponen las relaciones monógamas patriarcales. En ninguna relación debería existir un jefe o alguien con privilegios de poder.
Entre esas líneas generales añadiría que las necesidades eróticas, afectivas y materiales deben satisfacerse por igual; al tiempo que el final del vínculo debe realizarse con empatía y responsabilidad afectiva. Nadie está obligado a permanecer en una relación ni a hacer “sacrificios individuales” por mantener una relación afectivamente muerta.
Es clave entender que el poliamor no soluciona los problemas ni el agotamiento afectivo de una relación de pareja, tampoco “salva” una relación en crisis. Las relaciones poliamorosas que comienzan en relaciones de parejas consolidadas y de larga fecha requieren de ajustes y cambios en los que participan todas las personas que la integran. Es decir, quien “llega” no es quien se “ajusta” a la pareja existente.
Es importante recordar que las relaciones poliamorosas no tienen reconocimiento jurídico en Cuba. La legislación vigente no ha renunciado a las esencias del contrato social del Estado. Se amplió el alcance, pero para el derecho, la “conyugal” sigue siendo la unión afectivo-erótica de dos personas, los “cónyuges”.
Por otra parte, si usted siente realización y satisfacción en una relación monogámica no hay nada que lamentar, siga en ella. El poliamor u otras prácticas no son moda posmoderna. Tampoco implica que no se realicen exploraciones consensuadas, ni que se tenga que renunciar a la legitimidad y privilegios de la monogamia.

¿Se puede hablar de igualdad de género, o más específico, de procesos de liberación, a la luz de estas experiencias relacionales? ¿Nos prepara el poliamor para la democracia?
No lo creo. El único aspecto que me parece liberador es que se erosiona la consigna monogámica que enarbola la ideología patriarcal desde el mito del amor romántico. Digo consigna, porque las relaciones cisheteronormativas no son precisamente un ejemplo moral de exclusividad sexual, ni siquiera a través del sacrosanto matrimonio que heredamos de la modernidad (el matrimonio no siempre fue igual antes del siglo XVIII, ni es ahora lo que era desde el surgimiento del Estado moderno).
En la práctica, muchas asociaciones sexo-eróticas reproducen relaciones de poder, desigualdades y violencias de pareja, de género, sexuales y simbólicas. En estas relaciones se incluyen las personas cis y trans heterosexuales, homosexuales, bisexuales y pansexuales.
La buena noticia es que los Homo sapiens somos capaces de amar y asociarnos sin exclusividad alguna. Existe un sustrato biológico y cultural de nuestra especie que puede ser potencialmente equitativo si los significados simbólicos de las diferencias sexual y de género son reinterpretados.
La desobediencia responsable a los mandatos y normas de la exclusividad erótica y afectiva que nos han impuesto históricamente puede ser un punto de partida en el largo camino de la liberación.













