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Constantemente me preguntan por Cuba. Amigos, colegas, mi familia política. Imagino que algo similar les sucede a todos los cubanos dispersos por el mundo como yo: esa pregunta que regresa siempre, que adopta distintas formas pero que en el fondo es la misma. ¿Cómo está la isla? ¿Qué va a pasar?
Y cada vez que respondo, me doy cuenta de lo difícil que es contar Cuba. Quizás porque la isla, desde hace demasiado tiempo, dejó de ser solo un país para convertirse también en símbolo, disputa, consigna, deseo ajeno y relato ideológico. En medio de ese ruido, quienes intentamos narrarla cargamos con una pregunta adicional e incómoda: ¿Cómo mirar sin deformar? ¿Cómo contar sin traicionarme?
Traicionar no es solo falsear los hechos. Es también rendirse ante la comodidad de un relato prefabricado. Es fotografiar para los “me gusta” de Facebook, para lo que el otro espera ver. Es darle a cada audiencia la Cuba que ya lleva dentro: el paraíso perdido para unos, el infierno confirmado para otros. Traicionar es, en el fondo, abandonar la complejidad para quedarse con la consigna.

Pero la traición más sutil no siempre viene de afuera. A veces surge del miedo propio a incomodar a quienes uno quiere. Del peso de una historia familiar que empuja hacia ciertos encuadres y aleja de otros. De la culpa del que se fue, que unas veces se disfraza de nostalgia y otras de denuncia. Reconocer esas tensiones sin dejar que dicten la imagen es parte del trabajo. Mirar Cuba desde un lugar honesto exige también mirarse de esa misma manera.
Dejemos claro, entonces, que la fotografía no es la realidad de nada. Es apenas un recorte, una construcción posible del contexto. La cámara no registra el mundo de manera inocente: selecciona, encuadra y también excluye.
Toda fotografía es una decisión. Y por eso, antes incluso de preguntarse qué imagen capturar, importa preguntarse desde dónde se hace.


Con Cuba, esa interrogante persiste siempre. El desafío consiste en sostener una mirada honesta en medio de una realidad profundamente atravesada por tensiones políticas, emocionales y simbólicas. Contar Cuba implica moverse sin cesar sobre un territorio minado de simplificaciones.
Lo primero que conviene tener claro es que la ética está por encima incluso de esa objetividad que el periodismo suele invocar como dogma. La objetividad absoluta probablemente no exista; la honestidad, sí. Y esa honestidad exige no romantizar el dolor, pero tampoco convertir la desgracia en mercancía visual. Exige desconfiar tanto de la propaganda como del miserabilismo.
El desafío se vuelve aún más complejo en este presente dominado por redes sociales, algoritmos e inteligencia artificial. En la pantalla de un celular conviven imágenes reales, videos manipulados, influencers que opinan como especialistas, operaciones políticas y discursos construidos desde trincheras ideológicas cada vez más cerradas. Vivimos una época en que la verosimilitud parece agonizar y en que las expresiones de deseo pesan, muchas veces, más que los hechos. La posverdad ya no es solo un concepto académico: es una forma cotidiana de producir y consumir la realidad. Y Cuba, probablemente más que otros países, queda atrapada en ese torbellino.
Sobre la isla existe una ansiedad permanente por confirmar prejuicios. Hay quienes solo aceptan las imágenes que ratifican el desastre absoluto; otros únicamente toleran aquellas que preservan cierta épica romántica de resistencia. En ambos casos, la complejidad desaparece. Y cuando desaparece la complejidad, desaparecen también las personas reales.








Vale la pena volver a Roland Barthes y a La cámara lúcida, donde Barthes sostiene que la fotografía no es un lenguaje transparente sobre la realidad. Aunque la imagen fotográfica mantiene una relación analógica con lo real, está atravesada por una construcción de sentido: la composición, el estilo, el encuadre, la elección del instante. Ahí aparece la connotación. Ahí la fotografía deja de ser mero registro para transformarse en discurso. Eso se vuelve especialmente visible cuando se fotografía Cuba.
Alrededor de la isla existe una enorme maquinaria de connotaciones. Cada imagen parece predestinada a significar algo antes incluso de ser observada. Una calle en ruinas puede convertirse automáticamente en prueba del fracaso; una escena cotidiana de alegría puede leerse de inmediato como propaganda o como negación del conflicto. La fotografía deja entonces de contemplarse en su complejidad para convertirse en cierta confirmación ideológica.
Barthes también escribía que la fotografía repite mecánicamente aquello que existencialmente no podrá repetirse jamás. Ahí radica parte de su potencia y también de su dolor. Cada imagen contiene un instante irrecuperable, algo que fue y ya no volverá a ser de la misma manera.
Quizás por eso fotografiar Cuba produce una sensación tan particular. Con frecuencia da la impresión de estar registrando no solo un presente sino también una pérdida continua: no necesariamente la desaparición física de un lugar, sino el desgaste lento de una época, de una sensibilidad, de ciertos vínculos sociales. La fotografía aparece entonces como una forma precaria de resistencia frente al olvido.

Pero incluso ahí acecha una trampa: creer que una imagen puede explicar por completo la realidad. No puede. Ninguna fotografía alcanza para contener las contradicciones de un país atravesado por crisis económicas, por el endurecimiento del bloqueo estadounidense, por una emigración masiva, por el agotamiento social y por décadas de polarización política. Toda imagen deja algo fuera del cuadro. Asumir esa limitación es, quizás, la forma más honesta de mirar.
Lo verdaderamente difícil no es fotografiar la crisis sino impedir que esta lo devore todo. Hay una dimensión humana que suele quedar aplastada bajo los grandes relatos geopolíticos y que es, sin embargo, donde todavía puede aparecer una verdad más profunda y menos estridente.
El vínculo con la isla atraviesa inevitablemente la mirada de quien la retrata. No es posible fotografiar Cuba desde la distancia emocional, ni sería del todo honesto intentarlo. En mi caso, existe una implicación biográfica y afectiva que no se separa del trabajo. Reconocerla, lejos de invalidar la mirada, quizás la vuelve más transparente.
















