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El Paseo Marítimo Flotante de La Habana Vieja, conocido popularmente como el muelle flotante, muestra hoy una imagen de decadencia que contrasta con lo que alguna vez fue y se quiso que fuera. Situado frente a la Alameda de Paula, apenas poco más de 10 años han transcurrido desde su apertura, en 2014, pero, por su deterioro actual, tal parece que ha pasado mucho más tiempo.
Tablas levantadas, huecos, barandas dañadas, luminarias sin cables y tramos que muchos evitan por seguridad dibujan un paisaje que contrasta con la vocación de paseo marítimo que tuvo al inaugurarse. En alrededor de una década, lo que pretendió ser una puerta acogedora hacia la bahía de La Habana se ha convertido en símbolo visible del desgaste urbano catalizado por la crisis.


El proyecto nació como parte de la reanimación de la Avenida del Puerto por la Oficina del Historiador de la Ciudad. A partir de un antiguo espigón como base de una solución flotante, buscaba sumar un espacio de estancia y contemplación, enlazando visualmente la Alameda de Paula con el Emboque de Luz y la cervecería instalada en el viejo Almacén del Tabaco y la Madera.
La obra se concibió como un paseo en forma de T, construido con módulos desmontables anclados al fondo mediante dados de hormigón y tensores, pensados para adaptarse a las variaciones de marea. Sobre esa estructura se colocó una superficie de tablones de madera artificial, capaz, al menos en teoría, de resistir el sol, el salitre y la intemperie.


Tras su inauguración, el muelle flotante tuvo una etapa de esplendor. Las vistas a la bahía y la cercanía a un entorno histórico y turístico le dieron un aire de espacio nuevo dentro de una ciudad envejecida. Por un tiempo funcionó como pasarela, mirador y lugar de reunión, tanto para habaneros como visitantes, en un tramo de mar que hasta entonces se veía más desde la distancia que desde el propio borde.
Su historia reciente, sin embargo, es otra. El paso del tiempo, el desgaste por el clima y el mar, la falta de mantenimiento sistemático, el robo de sus piezas y su uso descuidado han ido desmontando, parte por parte, aquella idea original. Hoy presenta tramos peligrosos, intransitables, mientras cierres y reparaciones se han venido abajo por la crisis y otras prioridades citadinas.


No obstante, a pesar de su visible decadencia, el lugar no está vacío. Persevera como punto de encuentro, de contemplación, de pesca y hasta de ocio. Frente a la falta de opciones y el sofocante calor, niños y jóvenes lo han convertido en una piscina veraniega, en sitio para tomarse un respiro, compartir y darse un chapuzón, aun cuando las aguas que lo rodean no sean precisamente las más limpias.
Así resiste y sobrevive hoy el muelle flotante. En esa tensión entre lo que fue como proyecto y su declive actual, el paseo confirma los contrastes de una ciudad en la que incluso espacios relativamente nuevos envejecen demasiado pronto, mientras la gente insiste en aprovecharlos todo lo posible, tal como nos muestran las imágenes del fotorreportero Otmaro Rodríguez.

















Es muy triste ver lo que han logrado hacer de este lugar, otrora hermoso, el vandalismo, la desidia, el abandono, la falta de control y la permisividad excesiva, este muelle flotante, que costo dinero, se instalo para disfrute de las personas y se ha permitido su destruccion. Si Eusebio Leal se levantara y viera esto, se volvia a morir, pero de trsiteza y rabia!