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Natural de Lloret de Mar, como Constante Ribalaigua, el del famoso Floridita, el historiador David Barba Serra es un apasionado confeso de la leyenda del inmortal cantinero y de estudiar los ingredientes que, por dos siglos, han nutrido el rico coctel de historias y tradiciones que unen a Cuba y Barcelona. De ese interés inició, junto a Montse Sala Egea, el proyecto reivindicador Amargura Cultura, que conecta ambos territorios y legados.
Una tumba en el cementerio de su localidad aportó la pista crucial. Entre las varias lápidas de vecinos que marcharon a hacer las Américas y volvieron cargados de éxito, David y su colega descubrieron un par de apellidos llamativos: Nonell y Camp. Lo siguiente fue tirar del hilo de la historia y cruzar el hallazgo con información de archivo. Así los investigadores confirmaron que se trataba de la familia creadora de la marca de ron Matusalem, la cual llegó a poseer la mitad de la cuota del mercado en la isla y hoy es mundialmente reconocida.
“Sus fundadores fueron indianos de esta población de la Costa Brava que partieron a Cuba en busca de fortuna. Hemos tenido oportunidad de estudiar documentos empresariales, matrimoniales y notariales. Al parecer, todos conocemos la historia del ron Bacardí de la A a la Z, ¿pero se conoce de igual manera la de Matusalem? No olvidemos que este ron es también patrimonio de Santiago de Cuba y una marca que identifica a los cubanos”, enfatiza David.
Lejos de verse opacado por la supremacía de gigantes como el Bacardí y el Havana Club de Arechabala, que en su época dominaron la manufactura etílica y el mercado con fuerza y prestigio, el ron Matusalem emergió como criatura fantástica; con carácter propio, combinando tradición, maestría y sabor inconfundible que conquistó paladares incluso fuera de frontera. De ambarina y orgánica naturaleza, aroma agradable y regusto de notas añejas, esta marca supo abrirse camino para ocupar un puesto preferente entre los icónicos elixires cubanos y forjar una historia de superación que se extiende hasta el presente.
Un cuento “matusalémico”
Cuentan que para 1872 el emprendedor Pablo Nonell Garriga, nacido en 1834 en Lloret de Mar, ancló en Santiago de Cuba con el sueño de fabricar ron de caña mediante el sistema de solera; método heredado de sus antepasados y del cual tenía experiencia en la fabricación de brandis y vinos de Jerez.
Esto consiste en barriles dispuestos en cuatro hileras, una sobre otra, para permitir el trasiego del líquido —en este caso ron— por gravedad, o lo que es lo mismo, en cascada. De esa forma, el destilado va madurando, filtrándose y depurándose hasta quedar en las barricas de la base, llamadas de solera, con las propiedades de equilibrio, frescura, firmeza y elegancia óptimas para el consumo.
Con su alquimia paciente y silenciosa, Pablo Nonell se convirtió en uno de los pioneros de esa técnica aplicada a la producción de ron en Cuba. El resultado, una mezcla compleja y de paso suave por la garganta, que como por ensalmo pronto conquistó el gusto popular y deambuló por tabernas y hogares con el nombre Matusalem. “Todo indica que fue hacia 1879 cuando Pablo Nonell materializó la compra de la fábrica que había pertenecido a un señor de apellido Vendrell. En aquellos momentos el gerente era Juan Pla, vinculado posteriormente a los Brugal”, precisa David.
La destilería original se localizaba en la calle de las Enramadas, baja esquina con la de Factoría. No solo era esta una céntrica barriada, sino la zona más fabril y comercial. Por sus calles con aceras atestadas de cajas, sacos y barriles, de carteles anunciadores a diestra y siniestra, se fusionaban a diario bajo el cálido ambiente santiaguense los honrados obreros, las mulatas cuerpos de botella, con pañuelos en la cabeza y cargadas de cestas, y las voces aguardentosas de pregoneros de frutas, carbón o chicharrones.
Por entonces se dedicaban en general a la elaboración de rones, licores, aguardientes y vinagres. Una nota del Diario de la Marina (29 de oct/1895) revela que los señores Camp, notables miembros de la Colonia Española en Santiago, “obsequiaron a cada una de las clases y tropa [del Batallón de León] con media botella de Ron Jamaica y a cada uno de los señores jefes y oficiales con una botella de Ron Selecto”.
El ron corría por las venas de la isla. El mercado doméstico se dividía en rones superiores y pendencieros; estos últimos, más baratos y producidos para el consumo corriente. La dinastía radicaba en Santiago, donde se establecieron decenas de marcas de distintas categorías, en su mayoría con dueños de procedencia catalana. Más allá de los productos Bacardí y Camp, sobresalieron el ron Castillo, Albuerne, Palau, Rovira, Sicars, Manuel Planas, entre otros.
Levantando vuelo
El negocio prometía. El encargado de mantener en pie la obra de Pablo Nonell fue su sobrino Enrique Camp Nonell (1863-1914), que ya en 1886 tenía a su nombre la fábrica cedida por el tío. Sería Enrique —a juicio del investigador lloretense— el más importante de todos, pues bajo su gerencia se consolidó la reputación de Matusalem y se consiguieron las medallas en Matanzas, La Habana y la exposición universal de San Luis (Estados Unidos) que aún relucen en la etiqueta de la botella.
Su hermano Benjamín Camp Nonell (1869-1958) llegaría en poco tiempo desde Lloret de Mar para unirse al consorcio. La firma que en segundo tiempo funcionó bajo la razón de E. Camp y Compañía, adoptaría luego el nombre de Camp y Hermano.
El 1888 se inscribió en los anales internos con gloria y desgracia, enlazadas como la luz y la sombra. Se dice que una bandada de golondrinas anidaba en los tejados de la fábrica, así que los fundadores pensaron en esta avecilla tótem de renovación y libertad, símbolo además de vuelo seguro al hogar y a los cielos del recuerdo, para registrar la marca que sería emblema de la casa, La Golondrina. Pero el 19 de noviembre, un incendio, “uno de los más desastrosos que han ocurrido” en el centro urbano de Santiago, dejó “completamente destruidas las instalaciones de la licorería y la casa de depósito del ron situada en la esquina de Factoría y Jagüey”, refería el Diario de la Marina en su reporte de la catástrofe.

Parecía que el fuego quería quitar alas a lo que apenas había comenzado a volar. Sin embargo, los Camp supieron levantarse como fénix del desierto de cenizas, y aquel año signado por la dualidad eterna de creación y destrucción quedaría en la memoria como ejemplo de la capacidad familiar para reponerse a las adversidades. Ese espíritu marcaría el alma del ron.
Todo había cambiado para noviembre de 1907, según puede leerse en un número especial de la revista El Fígaro dedicado a divulgar los progresos de Santiago. Una página daba cuenta de la bienandanza de Matusalem entre la amplia industria licorera arraigada en Oriente y lo calificaba como uno de los mejores rones producidos en esta capital.
“La casa de Camp y Hno. ha llegado a un alto grado de prosperidad y, en demostración de su amor al lugar en donde se ha desarrollado su riqueza, ha construido elegantes y sólidos almacenes: hoy la casa de Camp y Hno. posee una manzana entera. No es solo la destilería de ron el único negocio. Vende también toda clase de licores y aguas minerales […] La casa tiene varios viajantes por la isla y las repúblicas hispanoamericanas, vendiéndose extraordinariamente sus productos en todas las plazas en que han sido introducidos, principalmente el exquisito ron Golondrina. Los Sres. Camp y Hno. irán lejos, porque su lema es el de plus ultra”.

¡Hoy alegre… mañana bien!
En 1912, Benjamín Camp decidió regresar a su tierra natal, mientras Enrique —quien se había casado con una santiaguera y fundado familia— permanecía en Santiago, donde murió en octubre de 1914. “Con Pablo Nonell y Enrique Camp fallecidos, y Benjamín controlando los negocios desde España, la compañía pasó a la dirección de Antonio Sánchez. Este era el más adecuado para gestionar la sociedad, pero con la incorporación de Eduardo Camp Vilardebó (1877-1951), primo de los anteriores, como representante de la línea familiar”, relata David Barba.
La fábrica incrementó constantemente sus surtidos de rones finos bajo el cuño B. Camp y Compañía. Por el Boletín Oficial de Marcas y Patentes se conoce que comercializaron el Ron Viejo Superior, Selecto Carta Blanca, Ron Camp No.1, Extra Viejo, Carta Cuba, Los Marinos, Matusa; así como los anisados El Gavilán, Perla de Cuba, Cremas Finas y Escarchado Golondrina. Aunque su producto estrella sería el ron Matusalem (1924), bautizado así en alusión al tiempo que precisaba su distintiva técnica de añejamiento.

En el citado año 1912 ocurrió otro punto de giro: el matrimonio de Eduardo Camp con Justina Álvarez Lefebre. Esa unión propició la incorporación progresiva de la rama Álvarez a la compañía familiar y, tras la liquidación de la relación con Antonio Sánchez en 1924, dio paso a una nueva etapa societaria. Al año siguiente se constituyó Álvarez Camp & Co, integrada por Eduardo Camp y Benjamín Camp, junto con Evaristo Álvarez Prieto (padre de Justina) y Claudio Álvarez Lefebre. Fue precisamente durante esta etapa que, bajo el liderazgo de Eduardo, se impulsó la expansión internacional del consorcio y su presencia en el Caribe, consolidando mercados tan estratégicos como Puerto Rico.
Entre 1925 y 1935, la empresa vivió una etapa de crecimiento favorecida por el auge del turismo estadounidense en Cuba durante los años de la Ley Seca. Sin embargo, más allá de ese contexto, el verdadero salto cualitativo llegó en la década de 1950, cuando Cuba se afianzó como uno de los grandes destinos turísticos del Caribe, y La Habana tuvo su época dorada como capital internacional del ocio, la alta gastronomía y la coctelería. Las botellas de Ron Matusalem inundaron los principales hoteles, bares y restaurantes de la isla.
Otro hito decisivo de esta nueva etapa fue la transformación jurídica de la empresa. En 1950 se disolvió la histórica sociedad en comandita para constituir Álvarez Camp S.A., siguiendo la evolución que habían emprendido otras grandes firmas del sector como Bacardí y Arechabala. El cambio supuso el paso definitivo de una estructura familiar a una sociedad anónima preparada para afrontar una fase superior de expansión y fortalecimiento. La flamante sociedad fue liderada por Eduardo Camp Vilardebó, Claudio Álvarez Lefebre y Claudio Álvarez Soriano; mientras Benjamín Camp Nonell, radicado desde hacía años en Barcelona, permanecía al margen de la gestión cotidiana.
“Cuando Ud. acerca un trago de Ron Matusalem a sus labios y aspira su delicioso bouquet, sabe al instante que va a tomar una bebida de gran calidad. Y cuando usted paladea su exquisito sabor, producto de la tradicional calidad de Matusalem y de su añejamiento perfecto, tiene que reconocer que Matusalem es único… Por eso así es la fiesta con Matusalem: ¡hoy alegre… mañana bien!”. Fue el eslogan inconfundible —y todavía recordado— de los años cincuenta.

Aquel ciclo prometedor se vio de repente condicionado por una serie de eventos inesperados: los fallecimientos de los patriarcas (Eduardo Camp, 1951; Claudio Álvarez Lefebre, 1955; su hijo Claudio Álvarez Soriano, 1956; y Benjamín Camp, 1958) y el triunfo de la Revolución. La ausencia de un liderazgo estable y las crecientes discrepancias internas fueron debilitando la cohesión familiar y la visión compartida que caracterizaron a la empresa desde sus orígenes. Un capítulo de incertidumbres que culminó con su salida de Cuba.
Tras un extenso litigio parental, Claudio Álvarez Salazar, hijo de Álvarez Soriano y Carmen Salazar, logró hacerse de la propiedad en 1995 y relanzar el Ron Matusalem desde República Dominicana. En la actualidad, el ron cubano, que tuvo su origen en Lloret de Mar, está catalogado como producto premium en más de 70 países y sigue siendo reconocido por los altos estándares de calidad establecidos hace 150 años.

Paticruzado, el más pintao
En Cuba se siguió usando por buen tiempo la marca aun después de la confiscación. La antigua destilería de los Camp funcionó en su casa fundacional hasta diciembre de 1963, cuando se decretó la permuta hacia las instalaciones del suprimido ron Castillo, en la barriada de Yarayó. Se trasladaron a la nueva sede los envases mayores (de 5 mil hasta 12 mil litros). En enero de 1966, la Matusalem nacionalizada se subordinó a la recién creada Delegación de la Rama de Bebidas y Licores de Oriente, que también abarcó las fábricas de Ron Caney y la Cervecería Hatuey bajo una sola administración, denominada por vox populi el “elefante blanco”.
A inicios de febrero de 1972, la empresa volvió a verse “en la tea”, cuando un fuego de grandes proporciones originado en la cartonera La Oriental devastó la otrora nave de Albuerne-Palau, que para la fecha había sido reconvertida en depósito de añejamiento de Matusalem. Se perdieron un número elevado de barriles con bases añejas de valor inestimable y dos fudres gigantes que sumaban 100 mil litros de Carta Blanca Matusalem. El siniestro tuvo negativa incidencia en la futura producción —por ejemplo, en 1975 cayó en 25%— y prácticamente selló el destino de la entidad.
En junio de 1980 se efectuó el relanzamiento del ron Palmas Paticruzado, después de casi veinte años ausente del mercado. Esto fue un acontecimiento, pues su delirante consumo le otorgó fama de plebeyo. En ese logro concurrió la participación fundamental del jubilado Manuel Lozada, veterano fabricante en tiempos de la firma Álvarez Camp.

“Si bien Ron Matusalem acabaría siendo el distintivo de la compañía, una de las marcas del porfolio de Álvarez Camp con mayor arraigo fue Ron Paticruzado. Nació en 1885 de la mano del fundador Pablo Nonell bajo la denominación Ron Jamaica y luego los hermanos Camp lo convirtieron en Los Marinos. Precisamente su éxito popular dio origen al apelativo. Los consumidores comenzaron a identificarlo con los marineros representados en su imagen, retratados con las piernas cruzadas, hasta el punto de que el sobrenombre se impuso sobre la denominación comercial. La compañía acabó adoptando oficialmente el nombre con el que el propio mercado había bautizado al producto, convirtiendo a Ron Paticruzado en una de las referencias más populares del oriente de Cuba”, concluye Barba Serra.
Según un secreto familiar, transmitido por generaciones, detrás de una pared de la fábrica existía una cámara ignorada donde precavidamente fueron reservadas unas “cubas” (especie de toneles) con bases envejecidas de cualidades excepcionales. Una vez demolida la pared y develado el tesoro, el catador de turno metió el dedo en la fórmula enigmática y, como un rayo de inspiración, dejó para la posteridad una frase de etiqueta: “¡Esto paticruza al más pintao!”.

En un mundo donde los días eran largos y la vida a menudo dura, hombres y mujeres hallaron en Matusalem un refugio, motivo de festejo o tónico para pesares. Sus creadores soñaron con una bebida que resistiera el paso del tiempo y fuera capaz de capturar la mezcla espiritual de la Costa Brava y del Caribe: vibrante, alegre, seductora y de alma profunda. Cada gota dorada contenía la memoria de años, sacrificios y esperanzas. No era un ron cualquiera, era una promesa.














Mi mayor enhorabuena, Igor. Un artículo brillante, como los que ya nos tienes acostumbrados a ofrecer a los lectores.
Y gracias por dar eco a este trabajo y a esta investigación de Amargura Cultura sobre una marca que tiene, evidentemente, una historia muy vinculada a esos extraordinarios lazos que existen entre España, Cataluña —en este caso, Lloret de Mar— y Cuba, concretamente Santiago de Cuba.
Un saludo enorme desde Lloret de Mar, y gracias de nuevo por poner en valor estas historias.