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La noche parecía otra cualquiera. Pero era la última. Y nunca es igual siempre que se trata de la última noche. Ya sea porque el instante encierre despedidas silenciosas, pretenda detenerse o adquiera un valor perentorio antes de que todo cambie para siempre.
Discurría la madrugada del 8 de septiembre de 1934. Atrás había quedado La Habana y la quilla del Morro Castle surcaba las olas sonoras en demanda de Nueva York. La mayoría de los pasajeros a bordo dormía; otros conversaban en el salón de fumar. Se sucedían los cambios de guardia de la tripulación, abajo rugían las máquinas impulsando el barco a su destino y el doble penacho de hollín coronaba la travesía grávida de buenos augurios.
Reinaba una paz diáfana y dilatada como un pensamiento noble, sin sospecharse que aquella mole de lujo, placer y calma pronto se convertiría en una trampa de fuego, desesperación y muerte.
Castillo flotante
Antes de ser un naufragio, el SS Morro Castle fue una promesa. Botado con bombo y platillo en 1930, en el astillero de Newport News, Virginia (donde también se construyó su gemelo Oriente), y bautizado en honor a la icónica fortaleza habanera, era el buque insignia de la Ward Line, reconocida empresa naviera propietaria de trasatlánticos enormes y fastuosos que todavía hoy impresionan en postales antiguas.
Sus características generales —146 metros de eslora, 21 de manga, velocidad de 20 nudos y 11 520 toneladas de desplazamiento bruto—, líneas estilizadas, equipos de señalización submarina, turbogeneradores aportados por la General Electric, transmisión turboeléctrica, dos hélices y un ingenioso sistema de ventilación que aprovechaba el aire de mar para circularlo por los espacios internos, lo hacían un buque de gran porte y una pieza de ingeniería moderna. En tanto, las comodidades y elegancia de salones iluminados, camarotes confortables, comedor decorado, biblioteca, bar y cubierta donde los pasajeros podían contemplar el paisaje marino lo asemejaban a un hotel flotante. Tenía tarifas aceptables y, una vez en aguas internacionales, fluía el alcohol sin ley.
Fue sin dudas, una atracción. Tenía como propósito transportar correo, carga y pasajeros entre Nueva York y La Habana, ida y vuelta, lo que resultaba una oportunidad redonda para escapar una semana de la cruda realidad en época de la Gran Depresión y otras prohibiciones. En condiciones climatológicas buenas, podía cubrir la ruta en 58 o 59 horas.
El último viaje del Morro Castle comenzó en La Habana la tarde del 5 de septiembre de 1934. Subieron 231 tripulantes y 318 pasajeros. Algunos regresaban de vacacionar en Cuba, otros habían hecho de ese trayecto una rutina de vida o trabajo; todos viajaban confiados en la hoja de servicios de una nave que había cubierto numerosas veces esa ruta.
La traumática experiencia del Titanic aún estaba latente, por lo que la seguridad fue un aspecto fundamental en la línea trasatlántica. El Morro Castle llevaba doce botes de salvamento, disponía de sensores eléctricos para detectar incendios, 42 hidrantes y puertas cortafuegos diseñadas para cerrarse automáticamente al detectar humo. La revista Marine Engineering llegó a afirmar que el Morro Castle y el Oriente eran “los barcos más seguros a flote”, y la Ward Line no dudó en adoptarlo como eslogan. ¿Funcionarían a la hora de la verdad?

¿Héroe o villano?
Joya semejante debía estar en manos del mejor patrón. Por lo que la compañía creyó que el capitán Robert Rennison Willmott, marino respetado y con 31 años al servicio de la Ward Line, se pintaba por derecho propio como el hombre indicado para el puesto.
Willmott no solo era un timonel capaz con un dominio enciclopédico de los planos del barco, sino que poseía el carisma de un gentleman inglés y el don de narrar historias fantásticas. Se hizo célebre por entretener a los pasajeros con relatos sobre su paso por el Cabo de Hornos o de cómo navegó el Morro Castle a través de un huracán sin más daño que “un par de toallas mojadas”. Hombre y barco parecían unidos por un cordón umbilical invisible. Quizás por ello una fatalidad llevó a la otra.
La noche del 7, el capitán Willmott cenó temprano encerrado en su camarote, como ya venía siendo hábito. Para entonces, varios de sus subordinados pensaban que no era el mismo. Llevaba meses con un comportamiento extraño; se le había agriado el carácter, parecía deprimido, asustadizo, y su estado de salud alimentaba constantes rumores. A poco de consumir su plato de bistec y verduras se quejó de un dolor estomacal. Llamó al doctor, que lo atendió y dejó en reposo. Media hora después, el primer oficial William Warms entró al camarote del capitán (adyacente al puente) y descubrió a Willmott desplomado dentro de la bañera. Tenía un rostro azul macabro que perturbó a todos los que lo vieron.
Mientras el Morro Castle bordeaba gradualmente la costa este de Estados Unidos y se adentraba en la noche, empezaron a arreciar los aires de tormenta que habían encrespado el mar desde la víspera. El pasaje comentaba sobre la proximidad de un ciclón, pero se aclaró que aún estaba a distancia y nada impediría el arribo puntual. Afortunadamente, dentro de poco enfilarían por el canal Ambrose para ingresar seguros en el puerto de Nueva York. Sin embargo, algo raro se ocultaba en las entrañas del Morro Castle y los planes girarían como un golpe de timón.
Detrás de la fachada de barco magnífico se ocultaba la metástasis de conflictos intestinos y el descontento de la marinería, harta de las malas condiciones de trabajo, sobreexplotación y míseros salarios. Para algunos el barco equivalía virtualmente a una prisión. Poco antes de morir, Willmott hizo llamar a su camarote al radiotelegrafista jefe, George W. Rogers, a quien explicó sus sospechas de que entre los miembros de la tripulación había algunos resentidos y agitadores que hablaban de “ajustar cuentas” a la compañía.
El capitán dijo estar enterado de que dos botellas —una de ácido sulfúrico y otra con un líquido maloliente— habían sido introducidas en La Habana, seguramente con la intención de sabotear el buque. Además, confesó a Rogers que pasaba la mayor parte del tiempo recluido en su compartimento por miedo a que George Alagna, segundo operador de radio que se había insubordinado al declararse en huelga y, según su teoría de la conspiración, poseedor de las botellas incendiarias, lo asesinara. A bordo iban un héroe y un villano. ¿Pero quién era quién?

Mal de fondo
Ante la súbita y siniestra muerte del capitán Willmott —el médico dictaminó como causa de la muerte un ataque al corazón por indigestión aguda, aunque algunos oficiales amigos adujeron que pudo tratarse de un envenenamiento—, el mando de la embarcación pasó al primer oficial Warms, el mismo que lo halló cadáver. Este, por respeto al difunto, ordenó cancelar la cena de despedida y demás eventos; y con la aciaga novedad regada como pólvora, un ambiente sombrío manchó la última noche a bordo.
Cerca de las tres de la madrugada del 8 de septiembre, hallándose a ocho millas náuticas de Long Beach Island, se detectó un incendio en una taquilla de la sala de correspondencia de primera clase. En principio, el capitán interino Warms no creyó que fuera de mayor importancia y no dio la alarma general. Confiaba en que sería fácilmente sofocado. Grave error. Lo que siguió fue una cadena de caos y desconcierto, mientras el Morro Castle ardía fuera de control.
Las llamas —de un blanco azulado e indicativas de algún origen químico— encontraron abundante material inflamable y avanzaron con celeridad aterradora, devorando en cuestión de minutos los paneles de madera pulida y hermosos departamentos. Los vientos y hasta el mismo sistema de ventilación “Refrigerado por el Mar” jugaron en contra, oxigenando la llamarada. Para cuando la tripulación intentó combatir el fuego, era demasiado tarde. Del total de hidrantes solo se podían usar seis, el agua no llegó con presión a las bombas, pues alguien había zafado la tubería de alimentación; tampoco cerraron manualmente los portones cortafuego. La serie de percances y errores humanos selló la sentencia de muerte.
El fuego y el humo invadieron los pasillos y las cubiertas superiores desde el centro. Con la rápida combustión del cableado eléctrico el barco quedó a oscuras y la radio no pudo funcionar, lo mismo que la pérdida de la línea hidráulica lo dejó sin gobierno. En apenas treinta minutos se había vuelto una antorcha flotante. Las alarmas sonaron tan bajo que no alertaron a todos los pasajeros y muchos se despertaron con las llamas mordiéndole los pies; otros quedaron atrapados por las puertas cerradas o en los corredores bloqueados.
Todo ocurrió tan cerca de Nueva Jersey que cientos de espectadores en tierra podían ver con perplejidad el resplandor de la pira en la soledad del mar. Una imagen de pesadilla. El Morro Castle solo pudo enviar una llamada de S.O.S. antes de perder la energía. El mensaje fue captado localmente y retransmitido a la Guardia Costera. Varias embarcaciones acudieron de inmediato al rescate de los sobrevivientes. Un torrente de gritos y plegarias subía al cielo impasible.
En medio del “sálvese quien pueda”, solo se arriaron seis de los doce botes salvavidas, que en el atropello del momento no se cargaron a plena capacidad. Esto dejó a cientos de personas presas dentro del barco, donde se hacía cada vez más difícil respirar o abrirse paso entre la tóxica humareda. A medida que la atmósfera empeoró, la encrucijada para muchos fue morir achicharrado o saltar a las gélidas y oscuras aguas. El siniestro dejó más de 130 fallecidos. Muchos acabaron carbonizados y asfixiados; de los que intentaron eludir las llamas, algunos murieron ahogados, por hipotermia o al impactar con el agua tras precipitarse desde las alturas.

La catástrofe del Morro Castle fue doblemente dolorosa para el pueblo cubano, pues varios compatriotas figuraban en la lista de pasajeros. En ese grupo destacó la escritora Renée Méndez Capote, la célebre “cubanita que nació con el siglo”. Vivió minutos de angustia atrapada en su camarote de donde consiguió salir por la escotilla con ayuda de un tripulante llamado Carl Prior. Este le facilitó un chaleco y, casi sin percatarse, la hija de Domingo Méndez Capote se vio empujada a un bote de salvamento que la sacó de ese infierno dantesco. “Un barco envuelto en llamas es algo muy difícil de describir”, diría Renée. Fue el peor recuerdo de su vida.

Sobre otro cubano conocido escribió la revista Carteles: “[…] conviene resaltar, como uno de los episodios de más limpio heroísmo y de más espléndida belleza moral, el rasgo del joven atleta cubano Franz De Beche, desaparecido hasta ahora y que, con abnegación ejemplar, salvó la vida de la señorita Rosario Felipe Camacho, abandonada a su destino”.
De Beche, de 18 años, se topó en una cubierta del barco con su amigo José Hidalgo —este contó la anécdota al Diario de la Marina— y con la citada joven, quien no portaba salvavidas. En gesto altruista, el chico le cedió su chaleco y se lanzó decidido a ganar a nado la costa. Confiaba en su habilidad de deportista del Miramar Yacht Club. La señorita Camacho sería rescatada luego de flotar por tres horas. A De Beche se lo engulló el frío océano. Asimismo, perecieron la esposa y las dos hijas del doctor Braulio Sáenz, el señor Busquet, entre otros.

Causa pendiente
Haciéndose eco del luto que conmovía a varios hogares cubanos, la Bohemia del 26 de agosto de 1934 extendió su pésame a las familias de los desaparecidos y fustigó a los culpables: “[…] tenemos que consignar nuestra protesta contra la empresa propietaria del Morro Castle, contra las autoridades navales de los Estados Unidos y de los demás países con que esta empresa trafica, que con una tolerancia criminal e inexplicable han permitido que marinos incapaces y de reciente enrolamiento y oficiales indecisos e ineptos tomaran la responsabilidad de tantas vidas respetables, sin sentir, en la magnitud necesaria, el concepto de la propia obligación”.

Todavía al amanecer del 9 el barco echaba humo. Lo mismo que las olas echaban a la orilla cadáver, cadáver y más cadáveres en pijamas. Convertido en un cascarón calcinado, el Morro Castle terminó varado frente al paseo marítimo de Asbury Park. Sus restos podían tocarse con la mano. Allí permaneció durante meses, hasta que terminó remolcado y desguazado.

¿Cuál fue la causa del incendio? Debieron transcurrir veinticinco años para que afloraran nuevos detalles del siniestro, incluida la tesis de que detrás de todo estaba una mano asesina y que fue un siniestro premeditado. Sin embargo, el origen y el culpable no pudieron ser esclarecidos. El misterio persiste.

Sobre el siniestro, el inmortal Trío Matamoros popularizó una canción crispante y llena de emoción que describía la tragedia. “Quién fue la mano incendiaria, sabe Dios quiénes serán. / Mas los pobres que cayeron, aquellos se fueron y no volverán”.
La reconstrucción de este episodio se basa en lo publicado por Bohemia el 23 de septiembre de 1934 y 21 de junio de 1959; Carteles, 16 de septiembre de 1934; y Diario de la Marina, 9 de septiembre de 1934.













