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Los cubanos son cargadores entrenados, no por afición, sino por necesidad. Las crónicas carencias en la isla los han hecho por años cargar encima lo que necesitan —y lo que creen que pueden necesitar luego— allí donde lo encuentran, sea cerca o lejos del sitio al que lo llevarán.
Las jabas —de nylon, tela o cualquier otro material— han sido durante décadas parte indisoluble de su equipaje cotidiano, de su kit básico de supervivencia. Aun cuando no se esté buscando nada en particular, salir a la calle sin una jaba “por si acaso” es como ir a la guerra sin fusil, como caminar indefenso o en desventaja frente al resto de los potenciales cargadores.


Hay, no obstante, cargas mayores, cosas que no se pueden llevar a mano por su peso y volumen, y que no son precisamente compras hogareñas. Hablamos de objetos —o conjuntos de objetos— que en condiciones normales se moverían en vehículos motorizados, de petróleo o gasolina, pero que, debido a la crisis energética, hoy se trasladan mayormente de forma más rudimentaria.
Como ya sucediera durante el Período Especial, en los años 90, las carretillas, carretones y ciclos han ganado protagonismo ante la escasez de combustible: lo mismo para mudanzas que para mover mercancías, para trasladar materiales o cargar un producto indispensable como el agua.


Los vendedores callejeros, multiplicados por la “lucha” cotidiana, tienen entre los más valiosos recursos de su negocio las ruedas de sus carretillas y carritos improvisados hasta con coches infantiles, o las de sus bicicletas y triciclos. Mientras, los vehículos eléctricos tienen cada vez más protagonismo y demanda como alternativa más “económica” a los medios tradicionales.
Así, a pie o propulsados por pedales, empujando un carretón o aprovechando —mientras dure— una batería eléctrica, los cubanos siguen perpetuándose como cargadores en medio de la crisis, tal como nos muestra en su galería de domingo el fotorreportero Otmaro Rodríguez.





















