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“Esto parece un cotolengo”, se dice en la Argentina cuando algo es un caos, cuando nadie se entiende o cuando las cosas parecen haber perdido toda lógica. La expresión se instaló en el habla popular con una carga despectiva, y quizás habría que darse cuenta de lo mal que venimos usando la palabra.
Curiosa injusticia. El lugar que usamos como metáfora del desorden y la locura es, en realidad, un espacio donde se practica algo que escasea bastante en estos tiempos: el cuidado del otro. Los cottolengos son casas de caridad que acogen a personas con discapacidad física o mental. La mayoría no tiene familia o fue abandonada por ella.
Hasta hace unas semanas, el Pequeño Cottolengo Don Orione de Claypole, en el partido de Almirante Brown, al sur del Gran Buenos Aires, salía en las noticias por sus reclamos tras el feroz desfinanciamiento del sector de discapacidad bajo el gobierno de Javier Milei. Ahora está en boca de todos por otro motivo: es uno de los lugares que visitará el papa León XIV en su viaje de cuatro días a Argentina, entre el 8 y el 11 de noviembre. El lunes 9, a las 9.15, el Papa llegará a este predio, que desde hace casi un siglo sirve de hogar, atención médica y acompañamiento a personas con discapacidad en situación de extrema vulnerabilidad. Hoy son más de 400. El lema de la visita, presentado por el episcopado, es “Bienvenidos todos, vayan y anuncien”.


Una semana antes pudimos recorrer el lugar y compartir con los huéspedes —así llaman a quienes viven en la casa—, con el personal médico y con las trabajadoras sociales. Entre el ajetreo de la espera, conocimos lo que hay detrás de esta cruzada de caridad.
Para eso hay que remontarse a un cura italiano. San José Benito Cottolengo nació en Bra, en el Piamonte, en 1786, y era canónigo en Turín cuando, en septiembre de 1827, lo llamaron para asistir a una mujer francesa embarazada que estaba de paso por la ciudad con su familia. Los hospitales se habían negado a recibirla y murió delante de él. Cottolengo vendió lo que tenía, alquiló unas habitaciones y empezó a recoger a quienes nadie quería atender. Cuando el cólera de 1831 obligó a cerrar aquel primer refugio, se mudó a Valdocco, un barrio pobre en las afueras de Turín, y en 1832 abrió allí la Piccola Casa della Divina Provvidenza. Se negó a llevar libros de cuentas y a guardar reservas: lo que entraba se gastaba, y lo que faltaba debía mandarlo la Providencia. Murió en 1842 y Pío XI lo canonizó en 1934. Su apellido terminó siendo un sustantivo común. En Italia, en España y en buena parte de América Latina, la gente dice “cottolengo” sin saber que está nombrando a un hombre.
El que llevó ese nombre más lejos fue otro piamontés, Luis Orione. Nació en 1872 en Pontecurone, hijo de un empedrador de calles, y de adolescente estudió en el oratorio de Don Bosco en Valdocco, a pocas cuadras de la Piccola Casa. Alcanzó a conocerlo en sus últimos años. Ordenado sacerdote en Tortona en 1895, fundó la Pequeña Obra de la Divina Providencia, un nombre que era casi una cita de Cottolengo, a quien consideraba un maestro. Cuando abrió sus propias casas para enfermos, ancianos y personas con discapacidad que ninguna institución quería, las llamó “Pequeños Cottolengos”. Era un cura de terremotos y caminos: estuvo entre los escombros de Messina en 1908 y en los de la Marsica en 1915, donde recogió a huérfanos como el joven Ignazio Silone, que años después escribiría sobre él. Viajó dos veces a la Argentina. En la segunda, en 1934, se quedó casi tres años.

El 28 de abril de 1935 puso la piedra fundamental del Pequeño Cottolengo Argentino en Claypole. Para la puerta tenía una consigna que todavía se repite en la casa: el Pequeño Cottolengo no preguntaría a quien llegara cómo se llamaba, sino si tenía un dolor. En 1937, antes de volver a Italia, dijo que quería que sus cenizas descansaran allí. No se cumplió. Murió en San Remo en 1940 y lo enterraron en Tortona, pero en agosto de 2000 su corazón, literalmente, llegó a Claypole y se quedó. Se conserva a la vista en un sector vidriado de la iglesia. Juan Pablo II lo canonizó en 2004.
Noventa y un años después de aquella primera piedra, la casa guarda infinidad de historias, como la de Américo, que entró de adolescente hace casi 50 años y nunca se fue. Es la mayor de la Obra Don Orione en Argentina, parte de una red de catorce Pequeños Cottolengos en este país, Uruguay y Paraguay, con unas 1300 personas. El predio ocupa cerca de 50 hectáreas, y en él viven 413 huéspedes de forma permanente, repartidos en 16 casas dormitorios.


Al amanecer, incluso poco antes de que salgan los primeros rayos de sol, cuando afuera casi nadie se ha levantado, ya comienza el ajetreo en el Cottolengo. El personal asistente es el primero en ponerse en marcha: acondiciona lo del desayuno, reparte la medicación y prepara el baño de los huéspedes. Son muchos cuerpos que asear y vestir, y todo tiene que estar listo para que a eso de las 8.30 arranquen las actividades.
Hay talleres de huerta, cerámica, carpintería, tejido, teatro, danza y música, se juega al fútbol y a la boccia adaptada, y algunos huéspedes salen a aprender a hacer las compras o a viajar en transporte público.
De los diferentes hogares, quizás el de mayor impacto para el forastero sea el Fernando Mixto, uno de los de alta dependencia. Allí viven 45 personas. Mujeres y varones comparten los espacios comunes, aunque duermen en sectores separados. Todos usan silla de ruedas y necesitan asistencia directa para comer, bañarse, higienizarse y movilizarse. Unos se alimentan por gastrostomía; otros reciben la comida con diferentes consistencias, según sus necesidades.



Crucé el umbral de la puerta con cierto sigilo, y todo cambió. Sonaba una cumbia en un televisor y, con el poco movimiento que tenían, la escuchaban y la bailaban. Una chica que se alimentaba por sonda se reía, muy divertida, y movía los brazos. En eso entró un médico y la besó en la frente. Todo el cuidado y la ternura inmensa que alberga este lugar estuvieron en ese beso. En esa sonrisa.

Además de los huéspedes, un centenar de alumnos va a la escuela especial y otros treinta al centro de día. A todos los atienden 370 trabajadores: médicos, enfermeras, psicólogos, terapeutas y cuidadores que bañan, visten y dan de comer. Hay clínica, neurología, psiquiatría, geriatría y odontología, y una sala de cuidados especiales con enfermería las 24 horas, aunque no es un hospital.
Para sostener todo eso, la casa depende sobre todo de lo que paga el Estado por cada prestación. La mayoría de los huéspedes tiene la cobertura de Incluir Salud, un programa nacional de aseguramiento en salud. El resto sale de donaciones, de lo que aportan las familias que pueden y del trabajo de voluntarios. Según la institución, los aranceles estuvieron congelados durante 2024 y 2025 y su valor de base perdió un 35 %.
La visita del Papa no será un acto multitudinario como sus otras paradas en el país. La Obra la define como un encuentro íntimo. León XIV recorrerá las instalaciones, saludará y bendecirá a los huéspedes y a quienes los cuidan. En la puerta, como manda la consigna de Don Orione, nadie le va a preguntar cómo se llama.
El martes, cuando el Papa ya esté lejos de Claypole, a las 6 de la mañana alguien volverá a preparar los baños. Habrá que repartir la medicación, asear y vestir a los huéspedes, tener todo listo a las 8.30. Volverá a sonar una cumbia en el televisor del Fernando Mixto, y alguien entrará a dar un beso en la frente de algún huésped. Afuera se seguirá diciendo lo mismo de siempre, cada vez que algo se desordene. Habría que completar la frase: “Esto parece un cotolengo… de amor”.

















