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En 1999 se vivió uno de los episodios históricos del béisbol cubano. En marzo, los Orioles de Baltimore visitaron La Habana y se convirtieron en el primer equipo de MLB que enfrentaba a una selección nacional de la isla, y dos meses después la escuadra antillana viajó a Estados Unidos para completar un tope irrepetible, posible en gran medida por la insistencia de Peter Angelos, dueño de la franquicia norteña y principal promotor de la idea.
Han pasado ya más de 25 años de aquellos choques en el parque Latinoamericano y en el Camden Yards de Maryland, y la fanaticada beisbolera todavía tiene grabados los nombres de quienes brillaron en esos duelos: el bateo indetenible de Danel Castro, Luis Ulacia y Omar Linares, y los relevos estelares de José Ariel Contreras y Norge Luis Vera dejaron una huella imposible de olvidar.
Pero de todas las historias del tope entre Cuba y los Orioles, hay una que nos marcó a todos. En el octavo capítulo del duelo en Baltimore, el habanero Andy Morales coronó el festival ofensivo cubano con un enorme jonrón por el jardín central.
Aquel batazo fue la clásica puntilla y dejó una imagen eléctrica del antesalista antillano recorriendo las bases con los brazos abiertos. Su vuelta al cuadro fue una inyección de energía y adrenalina para todos los fanáticos beisboleros de la isla, en ese momento en las nubes tras bombardear a un equipo de Grandes Ligas en su propia casa.
Como es lógico, el nombre de Morales comenzó a sonar fuerte. Hasta entonces, era un tercera base de los equipos habaneros opacado a nivel nacional por dos monstruos como Omar Linares y Gabriel Pierre, pero su despliegue (cinco imparables en diez turnos y tres remolques) contra los Orioles lo colocó en el radar.
Y aprovechando la cresta de esa ola, Andy no tardó casi nada en salir de Cuba. En el año 2000, pocos meses después de mostrar su potencial ante un elenco de MLB, ya estaba adentrándose en la agencia libre y buscando un contrato, que llegó finalmente en febrero de 2001, cuando firmó con los Yankees de Nueva York.
Curiosamente, podría decirse que ese fue el principio del fin de la carrera de Andy Morales al más alto nivel. Sin embargo, mientras naufragaba en la parcela profesional, tuvo la satisfacción del nacimiento de su segundo hijo, quien mucho después haría realidad el sueño frustrado de su padre.
Enseñanzas de padre a hijo
Andy Morales tiene un recuerdo fugaz de su periplo por el béisbol profesional, que terminó en cuestión de dos años y menos de 100 partidos en Estados Unidos. Simplemente, no pudo dar la talla ni cumplir con las expectativas y, para colmo, su nombre quedó en entredicho al ser acusado por los Yankees de declarar una edad menor a la que en realidad tenía.
Todo esto acabó con el caribeño, que en 64 juegos en Ligas Menores dejó una muy pobre línea ofensiva (.231/.300/.281), sin rastros de aquel chico eléctrico que había “vacunado” a los Orioles. Su poder desapareció, su energía se apagó, aunque las vivencias de aquellas campañas le dejaron enseñanzas para toda la vida.
“Parecía el inicio de algo muy grande, pero no fue así. Y no voy a justificar nada. Sencillamente, no trabajé lo suficientemente fuerte para imponerme, no tuve el tesón, la paciencia, la entrega. No tomé en serio a las Grandes Ligas y eso al final me costó caro”, dijo en una entrevista a El Nuevo Herald en 2018.
Estas enseñanzas se las transmitió en primera persona a su hijo Yohandy, quien nació en Miami en octubre de 2001, justo cuando su padre estaba inmerso en su aventura profesional. El chico creció entre bates y pelotas y no demoró en mostrar su talento natural. De hecho, desde bien pequeño integró los elencos nacionales de Estados Unidos, conquistando, incluso, la corona del orbe en la categoría Sub-12, disputada en 2013 en Taipéi de China.
Por sus éxitos tempranos, los scouts pusieron muchas esperanzas en el chico de raíces cubanas y llegaron a colocarlo como un potencial jugador de MLB por sus herramientas y cualidades físicas: “Tiene las extremidades largas y mucho margen para crecer y fortalecerse, características ideales para un atleta que comienza ahora su etapa juvenil”.
Esos reportes de 2018 elogiaban su capacidad defensiva y coordinación, la naturalidad para perseguir la bola hacia los costados y hacia adelante, así como la velocidad de movimientos a la hora de sacar la pelota del guante.

“Todavía está en pleno proceso de desarrollo, por lo que la fuerza de su ya potente brazo aumentará paulatinamente, mientras se proyecta como un bateador de poder que deberá lidiar con la fluidez de su mecánica a medida que aumente de peso”, añadían.
Y justo como indicaban los pronósticos, durante todos estos años no ha parado de progresar, siempre mostrando credenciales y siguiendo las pautas de Andy, un viejo zorro en temas de béisbol: “Mi padre siempre ha conversado conmigo, recordándome lo bueno y lo malo que te puede pasar en este juego. Él no quiere que dé un paso en falso y me recuerda que el camino al éxito está lleno de esfuerzos y sacrificios. Que la ética de trabajo es imprescindible para ganarse el respeto de todos”.
Baltimore-Washington: la conexión de los Morales
Poco más de 60 kilómetros al sur del Camden Yards, donde Andy Morales destrozó a los Orioles en 1999, se levanta el Nationals Park, donde su hijo Yohandy acaba de irrumpir en MLB como un auténtico huracán. Se necesitan solo 50 minutos para cubrir la ruta en auto entre dos diamantes que ya están para siempre conectados en la memoria de la familia Morales.
Precisamente, Andy estuvo este martes en las tribunas del Nationals Park viendo en directo el debut de su hijo con la camiseta de Washington. El otrora estelar antesalista de los equipos habaneros y la selección nacional cubana no pudo contener las lágrimas ante el vendaval de su hijo, desatado con el madero en su primer acto como “ligamayorista”.
“Si la vida me premia con llegar a las Mayores, será como si mi padre también lo hubiera hecho”, dijo Yohandy hace algunos años, cuando todavía MLB era un sueño tan lejano como lo fue para su padre a inicios de siglo.
Pero tener claro el objetivo ha sido clave en su camino, en el que ha superado obstáculo tras obstáculo hasta llegar a la “tierra prometida”. En el nivel colegial, por ejemplo, destrozó la liga con 49 jonrones, 174 impulsadas, 167 anotadas, 98 extrabases y OPS de 1.048 en 174 partidos, números que le abrieron las puertas de los Washington Nationals en el Draft de 2023.
Después bregó por las Menores durante cuatro campañas, en las que fue segundo de todo el sistema de los Nacionales en empujadas (220) y dobles (79), tercero en jits (385) y cuarto en jonrones (47). Además, cumplió con excelente nota su paso por el béisbol invernal en Puerto Rico el pasado año (OPS de 1.047 en 45 comparecencias al plato), pero un bajón en los entrenamientos de primavera de 2026 generó dudas.
“Lo genial es que no se desanimó ni sintió pena por sí mismo. Empezó la temporada en Rochester, tuvo un desempeño espectacular y realmente no bajó el ritmo en ningún momento. Es una prueba de su calidad y de la fortaleza mental que posee”, comentó a MLB Paul Toboni, presidente de operaciones de béisbol de Washington.
Tres Strikes: ¿Un cubanoamericano en la primera ronda del draft de MLB?
Con 25 cuadrangulares, 76 impulsadas y OPS de .881, demostró que mantenía su energía y finalmente recibió el llamado a Las Mayores de una manera un tanto surrealista. Hace solo unos días, el chico estaba pescando en un sitio con muy mala cobertura telefónica, lo que dificultó a Devin Pearson (subgerente general de los Nats) la comunicación hasta que finalmente logró transmitir el mensaje: “Vas a las Grandes Ligas”.
Yohandy avisó enseguida a su familia y organizó un itinerario para que todos viajaran a Washington, donde este martes rompió el hielo a toda máquina, con tres jits, un doble, un jonrón y dos anotadas frente a los Braves.
Morales se convirtió en el cuarto novato de la historia de los Nationals que debuta en MLB con tres imparables, algo que solo habían conseguido Delino DeShields (1990), Milton Bradley (2000) y Andrés Chaparro (2024). No obstante, el cubanoamericano es el primero de ellos que suma también jonrón y doble en su estreno.
Aunque sabe que este es solo el inicio y que mantenerse en un nivel supremo cuesta tanto o más que llegar, el chico de 24 años por ahora disfruta por cumplir su sueño y el de su padre: “Es una sensación increíble. Para esto se trabaja en toda la organización: para intentar ascender y aportar al equipo de Grandes Ligas. Se siente muy bien, es algo realmente especial”.













