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En el julio trágico de 1898, Santiago de Cuba ofrecía el dramático aspecto de ciudad sitiada. Medio eufórico, medio desconcertado aún —tras las victorias pírricas en El Caney y la Loma de San Juan y la aniquilación de la flota de Cervera— el general William Rufus Shafter creyó que era momento de impulsar su ofensiva en el terreno epistolar. “Nuestra escuadra está pronta a atacar y, a menos que no capituléis, el 9, a mediodía, los gruesos cañones bombardearán la plaza. La ciudad está a buen alcance de nuestras piezas”, dijo en ultimátum a su par español.
Si aceptaba la rendición y entregaba la guarnición, se suspenderían de inmediato las hostilidades entre sitiados y sitiadores; de lo contrario, sobre el mapa citadino caería todo el peso de la furia estadunidense. Pero el general José María Toral, sesentón de temple marcial y torvo ceño —que se vio impelido a asumir el mando interino en sustitución del herido general Arsenio Linares—, no iba a dejarse amilanar al primer mensaje. “No soy más que un subordinado y obedezco a mi gobierno. Si fuese necesario, moriré en mi puesto”, exclamó encogiéndose de hombros.
Mientras los cabildeos entre Shafter y Toral iban en escalada, la población no beligerante quedó atrapada entre dos puños; presa del desconcierto, bajo asedio naval y en condiciones de extrema precariedad. “La Virgen de la Caridad nos valga”, decían los que esperaban con fe. “Todo es un engaño”, rumiaban otros. Alarmado por los peligrosos rumores, el arzobispo Sáenz de Urturi despachó un telegrama a La Habana rogando al capitán general valorar la resignación. “Imposible capitular. Antes morir”, contestaba en seco Ramón Blanco.
Aunque en sucesivas ocasiones se prorrogó el bombardeo, en ningún momento se detuvo la guerra psicológica de bravatas e intimaciones. La obstinación de Toral solo hizo que la gruesa paciencia de Shafter se volviera delgada como hilo. Agotada la opción del diálogo, el jefe del ejército expedicionario ordenó enfilar la artillería hacia la antigua villa de Velázquez. “Y entonces se desbordó la oleada de gente por aquellos caminos, afanosa, jadeante, en busca de la tierra de promisión, que para no pocos fue de maldición”, registraba don Emilio Bacardí en sus Crónicas de Santiago de Cuba (Tomo X).
Se trata de uno de los desplazamientos internos más conmovedores de nuestra historia, que “escapan al intento de una síntesis descriptiva”, a decir del profesor Felipe Martínez Arango, autor de Cronología de la guerra hispano-cubano-norteamericana, todo un clásico sobre el tema. El relato historiográfico ha privilegiado las aristas militares y secuelas geopolíticas del conflicto, relegando a segundo plano la experiencia de los desplazados. Sin embargo, quizás sea el testimonio humano el punto de mayor dimensión y trascendencia, pues dejó una profunda marca en la estructura social y la memoria colectiva de Santiago.
Ciudad sitiada
En la boca de la bahía, el semáforo-vigía del Morro no paraba de emitir señales para avisar los movimientos envolventes de la armada de Sampson. Dueños del mar, los acorazados norteamericanos habían impedido por meses el ingreso de buques mercantes y carboneros a Santiago. Mientras, el tráfico terrestre fue cortado por los ejércitos aliados, que cerraron la urbe con un candado de catorce kilómetros. Cinturón de muerte que apretaba cada vez más.
“Sigue la vida urbana paralizada completamente. No hay agua ni alumbrado. Los perros vagan por las calles enfurecidos por el hambre y el ganado suelto pasta la mezquina hierba que brota en calles y plazas”, anotaba Bacardí en fecha correspondiente al 8 de julio.
Otro que dejó sus impresiones sobre el estado de sitio fue Francisco Miranda: “Un silencio profundo se nota en ciertos barrios. Casas y establecimientos cerrados; si se abre alguna que otra puerta, es para volver enseguida a su primer estado. Se anuncia un bombardeo y empiezan a decaer los ánimos. Si algún paisano se ve en la calle, es que, impelido por la necesidad, se dirige a la tienda de un detallista que tiene algún valor y que despacha por la ventana, a caro precio. Las esquinas o bocacalles de las entradas las ocupan grupos de soldados, bomberos y voluntarios armados. La policía, de calle en calle, se pasea con su tercerola colgada al hombro”.

Armas al brazo en zanjas y trincheras, siete mil soldados españoles, exhaustos, anémicos y sin relevo, pero resueltos a la inmolación por el deber, resistían heroicamente la arremetida de un ejército superior en número y armamento. El 5 de julio se abrió una ventana para intercambiar prisioneros y, con motivo del cañoneo inminente, se indicó la evacuación de los civiles. Desde las cuatro de la madrugada una multitud delirante y colosal empezó a concentrarse en los portillos de San Antonio, Santa Inés y El Caney, para cruzar atropelladamente las vallas alambradas. Según decretó un bando militar, la marcha sería a pie, sin vehículos ni bestias; solo se permitían las ropas, alimentos y pertenencias que pudieran cargar por sí mismos.
El drama se palpa en las fotografías de archivo. Salieron en tropel hombres y mujeres de todas clases y edades sobrecargados con fardos en la cabeza o atados al cuerpo, ancianos y ciegos andando trabajosamente con bastones y lazarillos, cojos y amputados dando saltos de muleta; embarazadas, enfermos e inválidos conducidos en camillas; niños llorones y bebés lactantes a rastras en sus coches. En la cárcel los presos lanzaban aullidos de socorro.
La adversidad condenaba a todos por igual y acortaba los distingos de jerarquía. “Ricos y pobres, grandes y chicos, blancos y negros, voluntarios y bomberos infiltrados en la masa humana y muchos guerrilleros que, con el uniforme con el revés hacia afuera, llenos de miedo, procuraban no ser notados por el camino”, recogía el cronista santiaguero.
Sintiéndose a salvo al cruzar las líneas dominadas por las fuerzas aliadas, la gente descargaba un sonoro grito: “¡Viva Cuba Libre!”. A la postre serían cerca de 30 mil seres, en su mayoría ancianos, mujeres y niños, que se vieron forzados a un éxodo bíblico hacia las localidades vecinas de Cuabita, Boniato, San Vicente, Dos Bocas, Daiquirí y, sobre todo, El Caney. Creían escapar de una muerte segura, convencidos de que en un par de días podrían volver para levantar los restos de lo que fue su hogar. Pero lo peor estaba por venir.
Santiago en El Caney
Tras larga y extenuante marcha, irrumpió la caravana monstruosa en El Caney. Un abanderado de sábana blanca en la punta de un cuje encabezaba la procesión interminable de caras tristes y confundidas. La atmósfera era sofocante. Numerosos cadáveres a medio enterrar —de los caídos el 1 de julio— emitían al viento el perfume del infierno; mientras la iglesia acribillada y las ruinas del fuerte El Viso revelaban a las pupilas incautas la crudeza de la guerra.
Pronto el lugar se vio desbordado. A falta de habitación, muchos debieron acampar a la intemperie. Corredores, cobertizos, escaleras, barracas, bohíos, árboles frondosos, toldos de frazadas; en fin, todo cuanto proporcionaba sombra y abrigo sirvió de albergue improvisado al gentío que huía despavorido de un recinto urbano donde no quedaría piedra sobre piedra.

Dada la heterogénea concentración, se constituyó una comisión especial dirigida por ciudadanos de nombres conocidos para atender la higiene, el orden público, distribuir cuotas y gestionar la causa común. Algunos cónsules marcharon al frente de sus colonias. El cónsul británico, Frederick Ramsden, se instaló en una tienda de campaña con su esposa e hijo. El de Austria-Hungría e Imperio Alemán, Germán Michaelsen, consiguió casa; lo mismo que el de Colombia, Jacobo Bravo y Fernández de Castro, quien se hallaba enfermo.
Según estimados, alrededor de 20 mil personas se apiñaron en la aldea de 300 casas. Como cuando La Habana puso pies en polvorosa rumbo a Guanabacoa, Santiago pretendió meterse en El Caney.

Memoria del hambre
El acceso al alimento resultó el principal dilema. En las dos primeras jornadas fue fácil coger alguna ración, unas veces arroz, frijoles o habichuelas; otras, harina de maíz, galletas, tocino, café y azúcar. Pero a medida que aumentó la necesidad y escasearon los recursos, se hizo casi imposible conseguir bocado; incluso a riesgo de morir comprimido por la muchedumbre desesperada que rodeaba al soldado repartidor, presentándole latas, cacharros, pañuelos, sacos y sombreros como platos vacíos. Cada familia era un pueblo de bocas abiertas.
“Nada se encuentra que comer. Todos los alrededores están desprovistos de frutos en una extensión considerable”, reseñaba Bacardí. Se dio el caso del cónsul Ramsden, que gestionó con Shafter la entrega de cien libras de harina para los súbditos ingleses. Los más acomodados, en previsión de la escasez que ocasionaría un bloqueo prolongado, habían acopiado granos, arroz, latas de sardinas y frutas en conserva. Algún que otro comerciante, de lo poco que tenía reservado para los suyos, podía vender al amigo un trozo de queso o dos lascas de fiambres.

Pero no todos corrieron la misma suerte. Los más pobres asaban tajadas de mango verde en fogones de tres piedras, comían arroz con achiote, salcochaban sin sal ni manteca tocino con bejucos de boniato y hojas de calabaza, tomaban caldo de yuca agria o hacían revoltijos de quimbombó, verdolaga y otras hierbas de monte. Un recetario de la inventiva criolla que tendría su reencarnación cien años después en el llamado “Periodo Especial”. ¡Sálvese quien pueda!
No bastaba con la tempestad bélica. Por las tardes y las noches, espesos nubarrones se posaban sobre las almas desdichadas. No se veía ni un parche celeste. El cielo disparaba sus borrascas que inundaban los depósitos de provisiones y destruían los tenduchos montados festinadamente con telas y ramas de árboles. Luego las aguas que escurrían de las montañas enlodaban caminos, arrancaban puentes y convertían cañadas en pequeños niágaras. La tormenta perfecta para hundir a las familias en una situación aún más calamitosa y mendigante.
Sometidos por el espantoso hacinamiento, malnutridos al punto de contársele los huesos, saturados de agua contaminada y amarillados por las fiebres palúdicas, empezaron a caer los enfermos como moscas fumigadas. “En el Caney y en Cuabita el cuadro es pavoroso. La gente agoniza y muere de hambre, no de hambre relativa, sino de hambre real y verdadera. Los víveres que se pueden obtener del ejército americano para aliviar tamaña miseria son muy insuficientes”, resumía Bacardí.
Bombas y destrozos
El domingo 10 de julio se anunciaba claro y alegre en contraste con el fondo oscuro de los cañones. Apenas había asomado el sol cuando un dosel de lo que semejaban aves negras pendía sobre la capital oriental. Cien bombas y balas de todo calibre se precipitaron por mar y por tierra desde el amanecer. Desde el graderío de lomas, los norteamericanos apuntaron en dirección a Santiago sus baterías Krupp y ametralladoras Gatling.
En tanto, desde la playa de Aguadores, a una distancia de ocho kilómetros, los cruceros de la escuadra bloqueadora arrojaban sin misericordia sus ojivas. Las tropas sitiadas contestaron el fuego a discreción, para economizar municiones. La andanada de proyectiles inutilizó varios fortines y piezas que componían el sistema defensivo. Hubo varios muertos y heridos.

El bombardeo dejó también graves efectos en el ámbito civil. Espacios públicos y 59 viviendas conformaron el censo de estragos. Una granada arruinó la casa Marcané, en la plaza de Santo Tomás; dos proyectiles destrozaron el almacén de Brauet y Cía., en la calle Marina. Otro cayó en el patio de Manuel Barrueco, Santa Lucía alta, causando daños considerables. En una fonda de la calle baja de San Basilio cayó y explotó otro, cortando en dos una columna de hierro.
A lo largo de la Alameda se contaron veintitrés boquetes de distintos tamaños. En los muelles y la bahía cayeron muchos, salpicando al cañonero Alvarado; tres en la estación del ferrocarril Sabanilla y Maroto y dos en la fábrica de hielo. La circunstancia de hallarse la urbe despoblada hizo que no hubiera bajas entre los habitantes que permanecieron. “Puede calcularse que no han quedado más de mil personas no combatientes”, cifraba Bacardí. Eso sí, aprovechando la desolación de los barrios, el pillaje se sirvió con cuchara gorda, y muchos inmuebles y comercios fueron saqueados.

Clamor de madres
El día 14, un grupo de madres y mujeres refugiadas en El Caney remitió a Shafter una carta —redactada en inglés por Mr. Ramsden— exponiéndole, “en representación de las señoras y niños hambrientos y sin hogar que se encuentran en este pueblo”, sus ansias y penurias.
“[…] hace diez días que están aquí, muchos sin techo, y el resto amontonados como cerdos, sin tener siquiera espacio para acostarse en el suelo, que es la única cama que tienen, agotada su escasa provisión de víveres, sin poder adquirirlos a ningún precio. Los esfuerzos laudatorios del ejército y de la sociedad de la Cruz Roja, insuficientes para remediar la situación; ellas y sus propios hijos, muriéndose de hambre; los ancianos y enfermos pereciendo por falta de cuidados y medicinas y a consecuencia de tantos sufrimientos de todo género; y, sin embargo, aún la ciudad no ha sido tomada […] del cual ningún resultado parece haberse obtenido, ni aparece tampoco que haya probabilidades de un pronto cambio en su horrible situación”.

Con valentía y determinación dignas de encomio, las damas firmantes exigían una inmediata solución, invocando “esa misma humanidad, que ha sido el motivo de esta guerra, para rogar que se haga algo a la brevedad posible para poner fin a este terrible estado de cosas. O que se les permita, haciendo arreglos con las autoridades españolas, al objeto, volver a la ciudad, en la cual prefieren perecer destrozadas por las granadas, o sepultadas bajo las ruinas de sus hogares, antes de sucumbir lenta y paulatinamente por el hambre, las enfermedades y las privaciones que están experimentando”. La solución demoraba.
Bandera blanca
El fuego se detuvo la tarde del 12, cuando apareció flotando sobre Santiago una bandera blanca. “Considerando que los recursos no pueden llegarnos sino por mar y no hay esperanza de recibirlos, que no cabe la posibilidad de refuerzos antes de que los víveres se consuman por completo, que en estas condiciones a nada conduciría prolongar una lucha desigual más que a sacrificar estérilmente crecidísimo número de vidas y, considerando, por último, que el honor de las armas queda completamente a salvo para unas tropas que tan bizarramente se han batido y cuyo comportamiento ha sido reconocido por propios y extraños, La Junta, por unanimidad, ha acordado que es llegado el caso de capitular”, declaraban con pesar las autoridades locales.
El 16 de julio de 1898, dejando fuera al mando mambí, españoles y americanos negociaron bajo una ceiba taciturna que desde entonces se llamó Árbol de la Paz. Esa tarde, dos semanas después de la angustiosa peregrinación, los desplazados volvieron a tomar el camino de vuelta a Santiago. No todos regresaron. Muchos quedaron sepultados en campos de la periferia. Se vio más de una madre demacrada abriendo con sus manos un hueco en la tierra para el hijo.

Tras ser blanco de las bombas, la ciudad ofrecía la imagen de un esperpento. Cientos de casas se presentaban destruidas o robadas; montones de basura, animales muertos y toda clase de inmundicias obstruían el tránsito por las calles. Santiago de Cuba era un gran foco de insalubridad y escombros humeantes, un teatro de miseria y devastación. El ambiente apestaba. Uno tenía la sensación de estar empantanado, encerrado y desvalido ante un próximo desastre.
Todavía muchos recuerdan las menciones anecdóticas y fragmentarias que, como pesadillas deshojadas, les narraron sus abuelos, evocando aquel julio de zozobra, cuando se vieron empujados por la porfía y el plomo al límite de la supervivencia. La rueda del tiempo nunca deja de girar.














Premonitorio el relato. Ojala no se llegue a eso en el 2026.