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Andrea Franco (La Habana, 1991) se considera una escritora cubano-argentina, pues vive en este último país —más precisamente, en Buenos Aires— desde niña. Es licenciada en Letras y magíster en Escritura Creativa, por universidades porteñas. Divide su tiempo laboral como editora, gestora cultural y facilitadora de talleres de escritura y literatura.
Según su resumen curricular, “fue seleccionada en la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires 2021/2022 en las categorías de Poesía y Relato, finalista del Gran Premio Banco Provincia de Literatura (2024) y ganó el Premio de Relato “Todos los tiempos el tiempo” (2024), eventos organizados en su tierra de adopción”.
Poemas y relatos suyos han aparecido en revistas y antologías de México, Cuba, Uruguay, Argentina, España, Francia y Estados Unidos. Hasta el momento ha publicado dos poemarios: Las ceremonias (Concreto Editorial, Argentina, 2022) y Lo que come el fundamento (Ed. Bajo la Luna, Argentina, 2026).
Entre viajes —de ella— y apagones —míos— se da este diálogo.

¿Cómo es ser cubano-argentina? Relata brevemente ese proceso.
Todas o la gran mayoría de identidades son una mezcla compleja de experiencias, culturas y genealogías. En mi caso, nací en La Habana y crecí en Buenos Aires, pero también viví en París y en Montevideo, y actualmente paso mucho tiempo en Ciudad de México. Mi papá es cubano y mi mamá es argentina, y soy polaca por parte de mi abuelo. Fui criada atea, pero tengo raíces católicas por mi familia paterna y raíces judías por mi familia materna. Toda esa mezcla me abrió la cabeza, me dio empatía y múltiples puntos de vista y me hizo sentir siempre de muchas partes; mi casa nunca va a ser en un solo lugar.
¿Te quedan familiares en Cuba? ¿Visitas la isla?
Sí, me queda poca familia y algunos amigos y amigas. Voy todo lo que mi economía y los contextos de crisis, tanto en la Argentina como en Cuba, me permiten. La última vez que fui fue en 2024 y estuve casi dos meses. Me encantaría poder ir más seguido; La Habana es un lugar que quiero muchísimo y que siempre se siente como volver a una parte de mí.
¿Sigues a los poetas cubanos recientes? ¿Estás familiarizada con nuestros clásicos nacionales? ¿Tienes un escritor cubano favorito?
El primer poema que aprendí en mi vida fue “Cultivo una rosa blanca”, de José Martí; sigue siendo uno de los pocos poemas que puedo recitar de memoria. Después, con el tiempo, leí a muchos de los clásicos: Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Virgilio Piñera (uno de mis favoritos), Dulce María Loynaz… En los últimos años tuve la suerte de conocer, hacer amistad y, sobre todo, leer a distintas escritoras y escritores contemporáneos y de mi generación como Elaine Vilar Madruga, Martha Luisa Hernández Cárdenas, Erick Mota, Ibrahim Hernández Oramas, Andrés Asevís, y referentes en poesía como Reina María Rodríguez, entre otros. La escritura me ha permitido encontrar una nueva forma de pertenencia y de lazos con Cuba a lo largo del tiempo y las distancias que valoro muchísimo.

¿En qué momento de tu vida te encuentras por primera vez con la poesía, ya sea como género literario o —por llamarla rápido y mal— ese algo inefable?
Empecé a leer y a escribir desde muy chica. Mi abuela materna fue una gran influencia; ella también escribía poesía, un poco a escondidas, y dramaturgia. Me regaló mis primeros libros, casi siempre obras de Shakespeare, y hasta recuerdo una edición muy precaria de poemas de Rafael Alberti. Quienes escribimos somos ante todo lectores, y encontramos una pulsión ahí escondida en las palabras, un refugio en las historias o la posibilidad de vivir muchas vidas en una. No creo que haya sido una elección, sino un encuentro un poco fortuito, que agradezco profundamente, y que se transformó en una búsqueda de vida.
Algunos poemas tuyos orbitan temáticamente alrededor de la religiosidad popular cubana. ¿Eres practicante de la Regla de Osha o tu acercamiento a ese mundo viene más por la vía intelectual?
No soy practicante de la Regla de Osha, ni de ninguna religión, dicho sea de paso, y tampoco creo que diría que mi acercamiento fue puramente por la vía intelectual, si bien gracias a este proyecto leí muchos materiales sobre el tema. Lo que me interesa particularmente es el modo en el que las religiones populares están imbricadas en nuestra cotidianeidad. Crecí escuchando que tal o cual cosa traía ashé, mirando cómo tiraban al suelo el primer trago de ron para los santos, o atenta a las historias de milagros de la Caridad del Cobre, y en algún punto fui testigo de un montón de costumbres que no significaba que fuéramos “religiosos”, sino que somos cubanos y ese sincretismo forma parte de nuestra cultura.
Lo que come el fundamento, tu segundo poemario, apareció con el sello de la editorial argentina Bajo la Luna. ¿Encontraste alguna resistencia para su publicación? ¿Tus editores entendieron las referencias al mundo mágico yoruba o tuviste que explicarte con ellos?
Tuve la suerte de no encontrar resistencia y creo que esas referencias fueron muy bien recibidas, aunque considero que seguramente los lectores cubanos las podrán reconocer con más profundidad y entendimiento. Aun así, pienso que en el poemario no hay una búsqueda de rigurosidad ni de enciclopedia en torno al imaginario yoruba, sino un diálogo muy personal e íntimo con estas creencias y rituales.

La obra pictórica de José Franco, tu padre, tiene un firme basamento en el mundo natural, la fauna, la flora, y todo eso en contrapunto con los adelantos tecnológicos. ¿Crees que hay zonas de contacto entre su poética y la tuya? ¿Influyó él en el desarrollo de tu sensibilidad artística?
Por supuesto. Todo lo que nos nutre forma parte del desarrollo de nuestra sensibilidad artística, y haber crecido rodeada de su obra me permitió un imaginario y me abrió un mundo de exploración. Ante todo, siempre les agradezco a mis padres que me hayan dado la posibilidad de pensar que dedicarme al arte en cualquiera de sus formas es un camino válido, valioso y posible.

¿Es importante leer poesía? ¿Sirve para algo? ¿Tienes una definición propia de “la escritura de lo posible”, como la llamó Lezama?
Importante es tener un techo y un plato de comida, pero leer puede salvarnos de otras maneras, y la poesía sirve para ejercitar nuestras emociones y nuestro pensamiento, para otorgarnos nuevas formas de experiencia en el mundo y para volvernos personas más críticas, sensibles, empáticas. En este sentido, en este contexto mundial me cuesta tener esa fe de Lezama en el poder de la poesía como motor de posibilidad y cambio; pero a su vez me gusta ir hacia ese imposible y pienso mucho en un fragmento de Sylvia Plath en el que ella reivindica el valor que puede tener un poema para acompañar a alguien cuando está triste o enfermo o no puede dormir.

¿Cómo llegas al poema? Comparte tus métodos de trabajo. ¿Alternas la escritura de prosa y versos o dedicas temporadas a una y otro por separado?
La escritura para mí es una sola: poesía, narrativa, ensayo; y cada material encuentra su forma en determinado momento. Suelo escribir varias cosas a la vez, pero en general tengo un proyecto principal y algunos otros secundarios. Nunca sé muy bien cómo llego al poema; siempre me parece un poco un milagro, pero creo que es mucha intuición y fe, respaldada por años de lectura y trabajo. En general, un proyecto de poesía siempre arranca con alguna imagen, y antes que nada una cadencia, un tono, un ritmo en las palabras; y de ahí es tirar del hilo, corregir, releer, permanecer en esa zona de escritura y escuchar.
Creo que fue Ernest Hemingway quien dijo —cito de memoria—: “Si la inspiración existe, que me agarre trabajando”. ¿Suscribes esa frase?
Completamente y, de hecho, la digo seguido en mis talleres. La inspiración, la emoción y la experiencia son factores fundamentales a la hora de escribir, pero es la práctica y la consistencia lo que permite que eso se materialice.
¿Qué distingue a tus talleres de escritura? ¿Con cuál franja etaria trabajas? ¿Qué objetivos persigues con tus talleristas?
No considero que haya edades, géneros, niveles de ningún tipo a la hora de armar los grupos en los que doy taller. Suelen venir personas de todas las edades y con trabajos, experiencias de vida y de escritura muy distintas. Eso me encanta y me parece que alimenta muchísimo los espacios de intercambio. Mi principal propósito como tallerista es ser una interlocutora válida y estimulante para quienes se acercan, acompañar los procesos de cada uno sin frustrarlos, sin intervenir de más, pero dando una mano para que cada cual pueda crecer en lo que hace y sentirse más cerca de sus propios objetivos.

Si tuvieras que recomendar la lectura de Lo que come… a un joven lector, ¿cómo lo harías? ¿Qué le dirías que puede encontrar en ese volumen?
Me pasó más de una vez que lo que creo que va a cautivar o atraer de mi escritura termina siendo lo que menos pienso, así que es una pregunta difícil de responder. En todo caso, son poemas que se preguntan por las distintas formas de fe y que oscilan por las geografías de las islas. También hay un trabajo particular en torno al vértigo y la enfermedad, la naturaleza y las presencias que nos acechan.
Comparte con nuestros lectores cinco poemas de Lo que come el fundamento.
*
el prospecto decía una alucinación
de movimiento o la pérdida
parcial de toda orientación y vos
hubieras cambiado
mi inconsistencia por la tuya
las manos
para agarrarme tus síntomas
hubieras hecho nudos toda la noche
en entrega al misticismo
juntado dieciséis cauris
una piedra negra
huesos hasta una cabecita rota
de muñeca
*
no estuvimos cuando fue nuestra
la casa que se vino abajo
ni cuando talaron
la hilera de casuarinas la palmera
no miramos la aguja en las inyecciones
escuchamos callados
cuando dijeron de la base podrida
las mareas altas
y nos metimos de noche conversamos
de las cosas a las que le quedaban
todavía menos tiempo
de vida
*
como un mundo entero en chiquito
la prenda está al servicio de quien debe dominarla
cambiar vida es desplazar la enfermedad
pasar el daño de un cuerpo a otro
sacar el mal de adentro
llevarlo a un animal
se necesita muy poco
para un avalancha
sedimentos húmedos durante el otoño
el moho los hongos
y después con apenas nada
cae la casa el muelle la forma en que
dijimos te entiendo
y cada cosa se agarra
de la siguiente
tira del centro de la remera
empuja la tarde
de sol el equilibrio
va ganando el terreno
*
el majá de santa maría guarda el brillo
dorado de la virgen
caza jutías ratas ratones
aves de corral y especies de menor medida
se enreda al tronco
sigue su rumbo se confunde
entre las ramas
hipnotiza a sus presas las devora
y si algo sale mal
hace curas de las hojas
––silba suave da un chasquido
sus congéneres veloces
le traen medicina
*
las casas se suceden y el paisaje
mental es siempre una ventana
de celosías apenas sostenidas
por un encastre débil en las junturas
y una palma
alta donde clavar un gallo negro
de madrugada llamar
a san cipriano pedir al diablo que a los buenos
espíritus los vuelva malos
dejar un puñado de tabaco
en el alféizar y alejarse
de la fascinación del precipicio
de la punta de montaña
de fijar la vista de más
del fondo del agua













