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Hace mucho que las barras y las estrellas no son una novedad en La Habana y en toda Cuba. No las de la propia bandera oficial de Estados Unidos, que ondea en su embajada o en actos y lugares con alguna representación estadounidense, sino las de sus versiones a pequeña escala, las de sus representaciones comerciales en camisetas y otras prendas de vestir.
En cualquier calle de la capital o de otras localidades del país pueden aparecer ante nuestra vista en cualquier momento. En un pulóver o una gorra, en una blusa o un short. También detrás del parabrisas de un automóvil, en un bicitaxi y hasta en un coche tirado por caballos.


Aunque haya a quien le parezca inapropiado o “políticamente incorrecto”, más aún en medio del actual escenario bilateral, lo cierto es que la bandera estadounidense forma parte habitual del paisaje citadino. Una rápida encuesta hecha por OnCuba en las calles habaneras revela distintas razones para su uso, aunque ellas, ciertamente, no son ningún misterio.
Algunos dicen vestir esas prendas, o poner banderitas estadounidenses en sus vehículos, por una postura política o identificación personal con el país norteamericano. “Es que la Yuma es la Yuma”, remató alguien, tautológico, tras nuestra pregunta. Otros, en cambio, esgrimen motivos más prácticos o sentimentales.


Varios encuestados nos confesaron que llevar puesto un pulóver o un short con las barras y las estrellas responde más a una necesidad que a cualquier declaración de intenciones. “Es lo que tengo”, nos confirmó tajante un joven, mientras una mujer de más edad enfatizó en cómo se hizo con la prenda: “A caballo regalao…”
También encontramos más de una persona para la que vestir así tiene un valor afectivo. “Esta gorra me la trajo mi hijo cuando vino de visita”, nos contó un hombre y aseguró que la cuida “como si fuera de oro”. Para otros, la prenda se asocia a “tiempos mejores”: “Cuando lo de Obama, ¿se acuerdan?”


Así, barras y estrellas —a veces en solitario, a veces acompañadas por águilas u otros símbolos “imperialistas”— pasean con naturalidad por las calles de la isla. A veces resaltan por sus colores brillantes, por dibujos y diseños agresivos. Otras, las más, lucen ya descoloridas, desgastadas, ajenas a confrontaciones ideológicas, integradas a un paisaje de resistencia y rutina.
A esta variedad visual en La Habana de 2026 nos acerca este domingo a través de su lente el fotorreportero Otmaro Rodríguez.





















