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Cuando se habla de crisis energética en Cuba, las miradas —y las culpas— las cargan principalmente las longevas termoeléctricas cubanas. Sus constantes roturas y “salidas imprevistas”, y también sus reiteradas paradas por mantenimiento, las han convertido en las grandes señaladas por los interminables apagones.
Por su parte, las autoridades han apuntado una y otra vez —no sin razón— a la falta de combustible exacerbada por el cerco petrolero de EE.UU., que impide aprovechar los motores de diésel y fuel, y agudiza aún más la ya precaria situación de la generación eléctrica en la isla. Sin embargo, la crisis tiene otra cara a considerar: la de las no menos deterioradas redes eléctricas.


Las redes no tienen la responsabilidad de generar la electricidad, pero sí de transmitirla, de hacerla llegar directamente hasta los consumidores, a las comunidades, casas y centros de trabajo. Los cables que las componen son, por tanto, fundamentales para que se haga la luz —siempre que no haya apagón— y para que parte de esa energía no se pierda por el camino.
A pesar de ello, las instalaciones y cables también sufren el impacto de la crisis, de la falta de financiación y mantenimiento y, a la vez, de la desidia y el abandono, de la chapucería y el vandalismo. Se trata de una realidad a la vista de todos, lo mismo en “tendederas” improvisadas que en cables al descubierto, en conexiones desprotegidas que en otras “pirateadas”.


La precariedad de las redes eléctricas no es un tema menor. Por un lado, atenta contra una más eficiente transmisión de la electricidad y, por otro, resulta un verdadero peligro. Sobrecargas, cortocircuitos, incendios y otros lamentables accidentes pueden ocurrir —y, de hecho, ocurren con frecuencia— por el mal estado de los cables, a riesgo incluso de vidas humanas.
Y está también el aspecto estético, muchas veces soslayado o preterido por la crisis, pero, sin dudas, relevante por su impacto en el ornato citadino, en la vista de edificaciones y aceras. Incluso los arreglos, supuestamente para mejorar instalaciones o resolver averías, terminan por afear más el entorno, por dejar agujeros, empates y cables a la vista, convertidos también en un peligro.
A esta otra lamentable y cotidiana cara de la crisis energética nos acerca este domingo a través de sus imágenes el fotorreportero Otmaro Rodríguez.




















