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Por Juan Palop
Los matices y las posturas complejas pueblan la obra y el pensamiento de la historiadora cubano-estadounidense Ada Ferrer, especializada en las conflictivas relaciones entre sus dos países. “No quiero intervención militar estadounidense, pero a la vez hay que ver un cambio”, asegura en entrevista a EFE.
Ferrer acaba de publicar Keeper of my kin: Memoir of an immigrant daughter (Guardiana de mi estirpe: Memoria de una hija inmigrante), una obra que relata la historia con mayúscula a través de biografías anónimas, que cuestiona estereotipos mostrando lo que no encaja y que busca los nexos de unión a través de las divisiones.
“Esta historia es una anécdota, una historia de una familia, pero es una historia mucho más grande, de cómo los cambios decretados desde arriba impactan a la gente ordinaria, que no tiene control alguno sobre lo que pasa arriba. Es una historia que le ha pasado a muchos cubanos. ¿Cuántas familias separadas hay en Cuba?”, se pregunta.
El libro, que por el momento solo se encuentra en inglés, relata cómo su madre la sacó de Cuba con apenas diez meses, poco después de que triunfase la revolución de Fidel Castro, mientras su hermanastro quedaba atrás en la isla. Y de cómo esas vidas y esas relaciones fueron evolucionando con el paso de los años, marcadas por las rupturas políticas y humanas.
“Todos vivimos en la sombra de la historia; es una historia, en cierto sentido, del trauma de la migración y de la separación familiar. Pero es también un libro donde se ve una familia emigrante. Es una historia difícil, es una historia traumática, pero es también una historia de amor familiar, del amor a un país”, prosigue.
Buscando formas en que “la gente se pueda ver y reconocer”, Ferrer recurre a esta “narrativa común”, consciente de que “la mayoría de la gente en Cuba” ha sufrido “esa experiencia de la separación familiar”, un proceso “muy doloroso”.
Esto, agrega, puede, sin embargo, contribuir a trascender otras barreras. “La familia es un espacio privilegiado para eso. Porque las familias están divididas: divididas a través de la geografía y a veces a través de la política. Pero todavía son familias, entonces ahí hay algo”, destaca.
Ferrer se siente atraída por las contradicciones, por “las cosas que no encajan exactamente”, como el hecho de que sus padres fuesen de “la clase obrera que odiaba a Fidel Castro y a la revolución” o que su hermanastro nunca culminase la educación que por primera vez el sistema socialista ofrecía a alguien de origen humilde.
Ella misma, señala, tampoco encaja: “No represento el exilio cubano porque sigo yendo a Cuba, tengo relaciones con Cuba. No soy comunista para nada, pero rechazo esa mirada que piensa que todo lo que existe en Cuba es malo y que no puede haber relación”.
“Hay cosas que lo hacen un poquito más complicado. Y me parece que de ahí viene mi obsesión con Cuba”, remata.
Presente incierto
Su visión de la actualidad en torno a Cuba también está llena de matices y cautelas.
“No quiero intervención militar norteamericana. Conozco mucho la historia de Cuba y he estudiado mucho la guerra, conozco la historia de Estados Unidos en América Latina y en Cuba, y eso no lo quiero. Pero a la vez hay que ver un cambio: Cuba no puede seguir viviendo así, está todo destruido”, afirma.
A su juicio, en las tensiones entre La Habana y Washington hay “un escenario posible” de “un acuerdo muy pragmático, con muy pocos cambios en lo político”, pero con una “apertura económica” de la isla “hacia Estados Unidos, exclusivamente”.
Otra posibilidad, y que preocupa a la historiadora, es “que haya violencia” interna y alude a las purgas políticas tras la caída del presidente cubano Gerardo Machado, en 1933.
Ferrer aboga por “algo negociado y pacífico”, por una “reconciliación” nacional que se vuelque en la reconstrucción material del país. No obstante, reconoce que en cualquier arreglo “va a ser difícil conjugar todos los intereses”.
Lamenta especialmente que el estado de la población en la isla “no es la prioridad ni de un lado ni del otro”. Critica que Estados Unidos haya impuesto un bloqueo petrolero, que califica de “castigo colectivo”, que el Gobierno cubano llame a resistir, pero no explique para qué, y que desde Miami se pida no mandar remesas ni medicinas a los familiares en la isla.
Teme además Ferrer que la espiral del deterioro se prolongue indefinidamente. “Puede ser algo que nunca toca fondo”, advierte.
Conversando con Ada Ferrer: Cuba, los cubanos y el diálogo contra viento y marea













