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Cuando Celia del Carmen Hernández decidió poner en pausa su carrera como profesora universitaria para fundar una empresa, imaginó que tendría que aprender sobre finanzas, organización empresarial, cierres contables y negociación. Todo eso formaba parte del reto de crear Cuidarte con Amor SRL, un proyecto que ofrece servicios de cuidado a personas mayores, enfermas y en condición de discapacidad en la provincia de Holguín.
Madre soltera, sabía que sacar adelante el emprendimiento implicaría también asumir, prácticamente sola, la crianza de su hija. Hasta ahí, el desafío ya le parecía enorme. Lo que no imaginó fue que tendría que enfrentar otros obstáculos: demostrar que una mujer es capaz de liderar una empresa y mantenerla a flote en medio de una de las peores crisis económicas y energéticas que ha vivido Cuba en las últimas décadas.
Las primeras dificultades aparecieron durante las reuniones con algunos clientes, en su mayoría hombres de entre 50 y 60 años. Les costaba aceptar que una mujer dirigiera una empresa como la suya: preferían negociar con un hombre. Esa resistencia se tradujo en actitudes de rechazo, conflictos e incluso maltratos verbales hacia las cuidadoras.
La situación sorprendió a Celia. Aunque Cuidarte con Amor SRL tiene tres socios —dos de ellos hombres—, son precisamente ellos quienes le han delegado la conducción del negocio.
“Los otros dos socios confían en mis decisiones y lo dejan todo en mis manos porque así lo han querido”, explica la holguinera.
“Lo difícil es tratar con una sociedad altamente machista como la de Holguín —subraya—. También ha sido complejo que algunas personas cercanas comprendan que el precio de los servicios es el mismo para los conocidos y para las personas que nunca he visto: ese es mi sustento, y el de mis trabajadoras”.
A esas barreras pronto se sumó otra mucho más difícil de controlar: el agravamiento de la crisis energética. Los apagones, que inicialmente se anunciaban como cortes programados cada cuatro o seis horas, terminaron imponiendo otra realidad. Hoy, en Holguín, la electricidad puede faltar durante más de dos días seguidos.
Hace algunos meses, Celia logró mejorar la organización de su hogar tras instalar un sistema de paneles solares con ayuda de un hermano que reside en el exterior. Sin embargo, las dificultades para sostener el negocio persisten.
“Después de 24 horas sin conexión, el teléfono tiene que actualizar todos los mensajes de WhatsApp del día anterior —se queja la empresaria. A veces mis clientes desde el exterior no pueden comunicarse conmigo, ni con las cuidadoras. Para mis empleadas también es difícil la comunicación, incluso dentro del mismo Holguín. Así es imposible sacar adelante los negocios”.
Costuras entre apagones
La historia de Celia está lejos de ser una excepción. Una encuesta realizada especialmente para este reportaje, aplicada a 33 emprendedoras de distintas provincias del país, confirma que la crisis energética ha transformado la organización del trabajo y ha afectado directamente los resultados productivos y financieros de quienes lideran actividades económicas no estatales.
Las consecuencias se repiten en distintos sectores: retrasos en las entregas, cancelación de pedidos, pérdidas de productos refrigerados, averías de equipos y una disminución sostenida de las ventas. Los negocios que dependen de la electricidad, como la repostería, la confección, la impresión gráfica o el marketing digital, se encuentran entre los más golpeados.

Las modistas Saday Rodríguez Cartaya, en La Habana, y Karen Rodríguez Calzadilla, en Holguín, han tenido que extender los plazos de entrega, reorganizar sus jornadas y buscar alternativas para cumplir con los compromisos adquiridos, ya que la mayoría de sus máquinas de coser funcionan con electricidad. A ello se suma el aumento constante del precio de los insumos.
El costo de transportación para buscar la materia prima ahora es cinco veces mayor que antes. Y eso, necesariamente, se ve reflejado en los precios del producto —explica Saday—. De lo contrario, trabajaría para pagar el transporte y a los trabajadores, sin generar utilidades. Para colmo, un negocio como el nuestro, con piezas personalizadas y de atelier, exige tanta concentración y tiempo que, si no descansas bien, terminas trabajando a medias y cansada”.
Karen abandonó su carrera como ingeniera industrial en 2015 para apostar por el sueño de tener un taller de costura y una tienda con sus propias confecciones. Hoy, la crisis ha obligado a reorganizar completamente ese proyecto.
Ir a La Habana a comprar telas y traerlas implica gastos de transportación altísimos; además, sin electricidad, las tiendas se ven poco atractivas, las personas no tienen la misma capacidad de compra, ni emoción por salir a comprar en medio del calor y de la situación. Y en el taller todo depende de la corriente, desde las máquinas de coser hasta otras operaciones”.
A cientos de kilómetros de allí, en el poblado rural de Falla, municipio de Chambas, en Ciego de Ávila, Maylie Sánchez Jiménez enfrenta desafíos similares. En su emprendimiento, Estilos Maylie, confecciona prótesis para mujeres mastectomizadas. La falta de electricidad retrasa la producción y prolonga los tiempos de entrega.

“Apenas dispongo de una hora y media de electricidad al día, que divido entre el taller y las tareas del hogar. Miles de mujeres esperan por su prótesis, cuyas entregas a nivel nacional se retrasan por falta de transporte. El negocio también sufre al no poder sostener un flujo económico estable”, expone.
Pese a ese escenario, ninguna de las tres ha detenido su actividad.
Maylie reorganizó sus horarios, volvió a utilizar máquinas de pedal, prioriza el trabajo manual cuando las piezas lo permiten y traslada parte de su producción en coches de caballos o bicicletas para distancias cortas.
Saday, por su parte, decidió ampliar los plazos de entrega, reducir los gastos y evitar sobrecargar a su equipo de trabajo.
“Desde mi casa hasta el hotel Palco, donde está mi tienda, hay cerca de cuatro kilómetros. En los últimos tiempos voy y regreso a pie, lo que implica caminar casi ocho kilómetros diarios —dice—. Aunque lo tomo como un ejercicio, la caminata prolongada, más el calor, me agota demasiado”.
En Holguín, Karen encontró una solución más estable gracias a una inversión que realizó con sus propios ahorros: instalar baterías y un panel solar.
“La situación no solo me afecta a mí, también limita a los empleados y sus familias, porque si se produce menos, su salario es menor. Lidiar con eso es difícil, por eso tuve que tomar esta decisión”, asegura la joven modista.

Un patrón que se repite
El agotamiento físico y emocional se ha convertido en una constante para muchas emprendedoras cubanas. Mantener un negocio en funcionamiento mientras sostienen la vida familiar, en medio de apagones, escasez y costos crecientes, implica jornadas interminables y un desgaste que termina afectando su salud.
Los datos de la encuesta realizada para este reportaje son contundentes: el 94 % de las participantes aseguró haber reducido sus horas de descanso y de sueño, mientras que el 97 % reconoció que el estrés repercute directamente en su bienestar físico y emocional. Los testimonios hablan de depresión, agotamiento y días que terminan bien entrada la madrugada.
Así lo vive Nayih Batista Pérez, titular del Proyecto de Desarrollo Local Zumar, dedicado a la comercialización de frutas y sus derivados en el municipio habanero de Regla. La crisis energética ha limitado la producción y el servicio de catering natural a domicilio por las dificultades para refrigerar los alimentos y trasladarlos, aun cuando el proyecto ha adaptado parte de la distribución mediante bicicletas y la lanchita de Casa Blanca. Ella y su equipo buscan soluciones cada día, pero la incertidumbre termina imponiéndose.
“Ahora se vive con la agonía de la prisa y el horizonte indefinido —cuenta la habanera—. No logro dormir ni descansar abanicando a mis dos niños en medio de la madrugada. La búsqueda de opciones para la alimentación de la familia, encarecidas cada vez más, y la imposibilidad de mantener conservados los productos agotan mucho. Apenas me detengo a pensar en mí. Tengo un montón de responsabilidades y de personas que dependen de la operatividad diaria. Me siento sumamente agotada, pero aún me despierto trabajando y tirando de una carreta ponchada”.
La historia de Lídice Soto Fernández revela otra dimensión del mismo problema. Artesana especializada en tejido, ha visto disminuir las ventas a medida que cae la llegada de turistas a la tienda donde comercializa sus productos. Lo que nació como una actividad económica hoy funciona, sobre todo, como una vía para mantenerse activa.
“Empecé por salud, para evitar el estrés, pues padezco de colitis ulcerosa. Llevaba cuatro años estable, pero desde que empezó esta situación he vuelto a caer en crisis —relata Lídice—. Aquí ponen el agua de madrugada. Mi esposo y yo debemos estar pendientes para, si coincide el agua con la electricidad, poner el motor y bombear hacia el tanque. Eso es desde las 2:00 a.m. hasta las 6:00 a.m. aproximadamente. Ese día apenas puedo trabajar por la falta de sueño, lo cual me genera fuertes dolores de cabeza y mucho estrés por no poder adelantar como quisiera. Estoy tomando más pastillas de lo normal”.
A esa sobrecarga se suman las tareas domésticas, que ocupan buena parte de su jornada y reducen el tiempo disponible para su emprendimiento a las últimas horas de luz de la tarde.
Cuando emprender se vuelve insostenible
Las dificultades no terminan cuando la producción logra mantenerse. La crisis también interrumpe gestiones tan básicas como realizar pagos, cumplir obligaciones tributarias o completar operaciones bancarias.
“Las operaciones bancarias a través de las plataformas establecidas son a veces imposibles de realizar —explica Nayih Batista—. Se afectan pagos de aportes a la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) porque en la sucursal todos los días hay apagón. Más de dos veces a la semana me traslado de Casa Blanca a Regla para cumplir con las obligaciones tributarias, acreditación, pagos de salarios, compromisos fiscales…; pero, si no hay electricidad, cualquier gestión queda sin efecto. Sin embargo, las obligaciones para el contribuyente no se posponen, ni se agilizan otras alternativas”.
Para algunas mujeres, la consecuencia ha sido aún más drástica: cerrar definitivamente sus negocios.
Ese fue el caso de Lídice Artiles Izquierdo, en San José de las Lajas, Mayabeque.
Impartía clases de inglés en mi casa, con todos los permisos requeridos. Tenía un grupo de niños que aprendían muchísimo a través de métodos didácticos, pero los apagones me obligaron a cerrar. Además, me dedicaba a vender plantas, pero esa opción también se ha vuelto insostenible: los precios de las macetas y el transporte se dispararon por la misma situación energética y la escasez de combustible”.
Su experiencia no es excepcional. Casi la mitad de las emprendedoras consultadas ha considerado cerrar sus negocios, aunque muchas continúan únicamente para no perder la inversión realizada o porque constituyen el principal sustento de sus familias.
La diversidad de actividades representadas en la encuesta —gastronomía, repostería, manualidades, marketing digital, comunicación, servicios contables, arrendamiento de viviendas, papelería, comercio de ropa y calzado, yoga, agricultura y diseño gráfico, entre otras— confirma que la crisis energética atraviesa prácticamente todo el emprendimiento femenino en Cuba. Aunque el 45,5 % de las participantes reside en La Habana y el 24,2 % en Holguín, las respuestas muestran una realidad que se extiende de un extremo al otro del país.

Crianzas, emprendimiento y redes de apoyo
Muchas de las mujeres que aún sostienen sus negocios son también madres, varias de ellas solteras. A la presión de mantener un emprendimiento se suma la responsabilidad cotidiana de los cuidados, que obliga a reorganizar horarios, enfrentar sentimientos de culpa y desafiar los estereotipos de género.
Zailin Pérez Zaldívar, creadora del proyecto Los colores de ISA, conoce bien esa tensión. Su iniciativa promueve el desarrollo de habilidades para la vida en niñas y niños mediante el juego y trabaja desde una perspectiva de crianza libre de estereotipos de género.
“Ser mujer emprendedora trae consigo todos los retos a los que se enfrenta cualquier persona que decide emprender en Cuba, en un contexto no siempre amigable y con muchos desafíos económicos —señala Zailin—. Significa pasar por encima de los roles sexistas tradicionales como los cuidados y la vida doméstica, y crearnos espacios donde siempre los hombres han liderado. Combinar el tiempo de calidad para la crianza de nuestros hijos y nuestros roles hacia el interior del hogar con nuevos proyectos de vida es muy difícil por un factor clave: el tiempo. Entonces, además de los desafíos propios del emprendimiento, debemos pasar por encima de estereotipos y culpas, y reorganizar todas las miradas a nuestro alrededor”.
Para sostener ese equilibrio, Zailin reorganizó prioridades, redujo actividades secundarias y colocó la crianza de su hija en el centro de su planificación. En ese proceso, las redes de apoyo han sido determinantes: su familia y la Red Cubana de Mujeres Emprendedoras le han permitido mantener vivo el proyecto.

Sororidad frente a la crisis
En un contexto donde muchas veces las respuestas institucionales resultan insuficientes, la Red Cubana de Mujeres Emprendedoras se ha convertido en un espacio de acompañamiento para mujeres de distintas formas de gestión económica y sectores productivos.
Su coordinadora general, Katia Pérez Díaz —cofundadora y vicepresidenta de Quota SRL—, identifica desafíos que se repiten entre las integrantes: la sobrecarga de cuidados, los estereotipos de género, la discriminación, las brechas digitales, las dificultades para acceder a financiamiento y la burocracia.
“Persisten prejuicios sobre las capacidades empresariales de las mujeres, especialmente en sectores tradicionalmente masculinizados”, reconoce.
Frente a ese escenario, la Red impulsa procesos de formación, organiza ferias y encuentros empresariales, promueve alianzas institucionales y visibiliza experiencias de éxito. Entre sus resultados figuran emprendimientos formalizados, negocios que han evitado cerrar, registros de marcas, mejoras en modelos de gestión e incorporación a cadenas productivas.
La organización también promueve iniciativas de responsabilidad social en las comunidades.
“El acompañamiento entre mujeres no solo impulsa la sostenibilidad de los emprendimientos, sino que impacta en la vida de las personas que ellas atienden”, subraya Katia.
La experiencia de la red demuestra que, en medio de una crisis prolongada, la colaboración entre mujeres puede convertirse en una estrategia de supervivencia. Más allá de mantener abiertos talleres o sostener empleos, esas alianzas permiten compartir conocimientos, distribuir cargas y construir respuestas colectivas frente a desafíos que, muchas veces, se viven en soledad.












