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No son fotografías antiguas. Tampoco están procesadas con uno de esos filtros de moda que pululan hoy en redes sociales y le dan a cualquier imagen ese toque vintage. Fueron tomadas en 2025 con una pequeña cámara AGFA fabricada a mediados del siglo pasado y con rollos a color, vencidos hace 26 años.
La historia, sin embargo, comenzó mucho antes.
Hace más de diez años, cuando estudiaba Periodismo en la Casona de G, en La Habana, y daba mis primeros pasos en la fotografía, el profesor Félix Arencibia me regaló una docena de esos carretes. Fotógrafo, docente y uno de los seres humanos más generosos que he conocido en este oficio, quiso que pudiera aprender sin tener que gastar el dinero que no tenía en películas nuevas.
Los rollos ya estaban vencidos desde hacía varios años. Pero eso era lo de menos. Recuerdo que me hablaba de todo lo que habían tenido que inventar para seguir fotografiando durante el Período Especial. Muchas de aquellas películas eran un remanente de los países del entonces Campo Socialista y, cuando escaseaban los insumos, no había margen para reparar en la fecha de vencimiento. Se usaban los rollos que hubiera a mano. No había otra opción.

La escasez también imponía una disciplina que hoy parece impensada. En muchas coberturas periodísticas debían resolver toda una historia en apenas tres fotografías. Cada disparo exigía detenerse, mirar y decidir con precisión. No había lugar para el desperdicio.
Félix solía resumir esa filosofía con una frase que todavía recuerdo: Lo verdaderamente valioso era la posibilidad de seguir fotografiando. Y tenía razón. Con aquellos seis rollos vencidos, yo me sentía el fotógrafo más rico del mundo.
Los guardé para una ocasión especial, cosa que tardó muchos años en ocurrir. Y la reliquia desandó de gaveta en gaveta, sobrevivió a mudanzas, cruzó fronteras y me acompañó en silencio de Cuba a la Argentina.

Mientras tanto, aquello que había comenzado como una pasión terminó convirtiéndose en mi oficio. El fotoperiodismo ocupó el centro de mi vida. En el camino dejé atrás la fotografía analógica y abracé la revolución digital. Pasé del tiempo pausado que imponían los rollos a la urgencia más feroz de la inmediatez; de esperar días para descubrir una imagen a verla apenas una fracción de segundo después de apretar el obturador.
También llegó un día la triste noticia de que el profesor Félix Arencibia había fallecido. Entonces volvieron a mi memoria tantas horas compartidas en el laboratorio fotográfico del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, frente a mi Facultad, ese pequeño universo donde enseñaba mucho más que técnica. Recordé sus consejos, su paciencia, su generosidad y aquella forma de entender la fotografía como un oficio hecho de mirada antes que de cámaras.
Lo que no recordé en ese momento fueron aquellos rollos vencidos que un día me había regalado. Permanecían olvidados en algún cajón, esperando, sin que yo lo supiera, el momento de volver a la luz.
El año pasado, durante una de esas limpiezas domésticas en que uno tropieza con objetos que ya había olvidado, aparecieron envueltos en su papel metálico original. Al verlos, entendí que no tenía sentido seguir esperando. Si después de tanto tiempo seguían ahí, era porque todavía querían ser usados.
Publiqué en mis redes sociales un grito solidario: necesitaba que alguien me prestara una cámara capaz de utilizar aquellos viejos rollos. La respuesta no tardó en llegar. Un amigo apareció con una pequeña AGFA de formato medio.
Era una cámara tan simple como entrañable. Apenas tenía dos posiciones de disparo: sol y sombra. Montaba una óptica fija equivalente a un angular de 35 milímetros y el enfoque era completamente manual, casi intuitivo: había que calcular la distancia a ojo, entre uno y tres metros, sin ningún mecanismo que asistiera la decisión. Una pequeña caja de metal a la que había que confiar absolutamente todo.
Con ella recorrí Buenos Aires, Nueva York y un par de días Miami. No buscaba demostrar nada. Quería dejarme sorprender por lo que aquellas emulsiones envejecidas todavía fueran capaces de registrar. Era, de algún modo, una forma de mirar el presente desde una tecnología que el mundo ya había dado por extinguida.

En esos días descubrí algo que no esperaba: mientras caminaba con aquella vieja AGFA entre las manos, volví a sentirme el joven fotógrafo que había sido, el discípulo de Félix Arencibia.
Acostumbrado al vértigo de lo digital, a revisar el resultado apenas disparo el obturador y a tomar decenas de fotografías casi sin detenerme, las limitaciones de aquella cámara me devolvieron al origen. Cada rollo ofrecía apenas ocho fotogramas. Ocho oportunidades. Antes de cada disparo había que mirar con calma, esperar el instante preciso, decidir y asumir que no habría una segunda oportunidad para comprobar el resultado.
Regresó también algo que casi había olvidado: la incertidumbre. No sabía si la foto había quedado bien. No podía corregirla. Esperaba el revelado como parte inseparable del acto fotográfico; esa mezcla de paciencia, intuición y confianza ciega que durante décadas definió este oficio y que la inmediatez digital fue borrando casi sin que nos diéramos cuenta.
Las imágenes que acompañan este texto no son técnicamente perfectas. Algunas tienen dominantes de color imprevisibles; otras muestran pérdidas de contraste, veladuras o las huellas propias de una emulsión que llevaba más de un cuarto de siglo vencida. Pero precisamente en esas imperfecciones reside lo que más me interesa de ellas. Allí está, a su manera, su verdad.



Vivimos un tiempo en el que la inteligencia artificial puede fabricar imágenes impecables con apenas unos clics. Nunca fue tan fácil producir buenas fotografías. Y, sin embargo, pocas veces resultó tan difícil detenerse a mirar.
Estas fotografías nacieron de la imperfección: de una cámara elemental, de películas que el tiempo parecía haber condenado y del gesto generoso de un maestro hacia un estudiante que apenas comenzaba a descubrir este oficio. Tal vez por eso, más que hablar del pasado, dicen algo sobre el presente. Que todavía es posible fotografiar sin apuro. Que la mejor tecnología jamás reemplazará la sensibilidad humana. Y que, como me enseñó Félix Arencibia, antes de apretar el obturador hay que aprender a mirar.




















