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Esto es una conversación de café entre amigos. Tres nos sentamos a la mesa para hablar de poesía. Afuera dejamos las calamidades cotidianas, la incertidumbre, la inclemencia de los políticos que nos usan como monedas de cambio. Hemos decidido no dejarnos vencer, no entregar sin pelear los años —cortos o largos— que nos quedan. Nuestra resistencia se basa en el principio de que debemos intentar ser como queremos que sean los otros: solidarios, empáticos, justos, honrados y decentes.
Mis interlocutoras, dos jóvenes profesionales cubanas, mantienen en las redes, junto con un grupo que se va nutriendo con el paso de los días, un intenso intercambio sobre poetas, versos y poemas propios y ajenos. Reconocen una sola aristocracia, la del espíritu, y denodadamente luchan para aislarse, en la medida de lo posible, de la mediocridad ambiente.
A esta cita faltó Yadira Albet. Sin embargo, estará presente de un modo singular durante toda la charla, pues por algún tiempo, mientras compartía este plano de la existencia con nosotros, fue una gran divulgadora de la poesía en su muro de Facebook, verdadera inspiración para muchachas y muchachos que se incorporaron, por ella, a este noble ejercicio de detectar y compartir la belleza. En cierta medida, esta columna es una vela votiva ofrecida a su recuerdo.
Bea Couso y Dianelis Zaldívar respondieron a nuestra invitación al diálogo. Trazamos un triángulo en el mapa confuso de nuestros tiempos. Bea vive en Sancti Spíritus; Dianelis, en Santiago de Cuba, y yo estoy temporalmente en Mazatlán, México. Los cortes prolongados y frecuentes de la energía eléctrica y la casi nula conectividad intentaron sabotear nuestro empeño. No lo consiguieron. A oscuras, esperando horas para que bajara una imagen, salvamos nuestro derecho a existir como tribu, y a expresarnos.
Para ambas confeccioné el mismo cuestionario. Cada cual respondió por su lado, sin conocer lo que iba escribiendo la otra. Del entramado de sus voces nace esta columna de hoy, que espero disfruten leyendo tanto como yo ensamblando sus palabras.
¿Quién eres?
Bea Couso (BC): Me llamo Carmen Beatriz Couso Hernández, tengo 31 años. Nací en el municipio y provincia de Sancti Spíritus. Soy médico de profesión, graduada de la Universidad de Ciencias Médicas de Sancti Spíritus en el año 2019. En este momento no estoy ejerciendo la profesión.
Dianelis Zaldívar (DZ): Soy Dianelis Zaldívar Valdés y tengo 35 años. Licenciada en Derecho por la Universidad de Oriente, donde fui profesora de Derecho por 12 años. Actualmente me desempeño como profesora de francés en la Alianza Francesa de Santiago de Cuba, mi ciudad natal.


¿Cuál crees que sea tu principal virtud? ¿Cuál es tu principal defecto?
BC: Creo que mi principal virtud es la empatía, ponerme siempre en el lugar de los demás, entender y sostener. Mi principal defecto —al menos el que me han señalado varios de mis seres queridos— es, precisamente, “el exceso de empatía”; a veces se me olvida mi propio lugar y necesidades por priorizar las de los demás y no poner límites.
DZ: Mi principal virtud es la sinceridad. Mi principal defecto es que puedo ser bastante impositiva, incluso sin darme cuenta. Trabajo en moderarlo para que cada vez se note menos. Creo que lo único honesto que cabe hacer con los defectos es reconocerlos y trabajar en limarlos poco a poco. Nadie tiene la obligación de cargar con ellos. Debemos hacer todo para que le pesen lo menos posible a los demás, aunque nunca lo logremos de manera total. También forman parte de lo que somos.
¿Cómo, cuándo, dónde tuviste el primer contacto con la poesía? ¿Alguna persona en particular te facilitó el acceso a la lectura de este género literario?
BC: Mi primer contacto con la poesía fue a muy temprana edad. Sin saber leer aún, ya rimaba, hacía cuartetas muy sencillas sobre temas cotidianos, como mis mascotas y juegos.
Principalmente, mi padre y mis abuelos facilitaron esto; me compraban muchos libros, y mi papá me los leía en las noches.
En general, los libros no eran solo de poesía y, de hecho, me encanta leer otros géneros. Recuerdo con especial cariño La noche, de Excilia Saldaña, regalo de mi abuela, y La Edad de Oro; también varios libros de Dora Alonso y un pequeño volumen que me regaló mi tía abuela llamado Páginas del joven Martí.

DZ: Mis padres siempre me estimularon a cultivar el hábito de la lectura, aun cuando de pequeña me resistía a leer libros que no tuvieran ilustraciones. Mi mamá me llevaba a las ferias del libro, y era capaz de gastar todo lo que tenía comprándome libros. De pequeña, tanto ella como mi papá me leían antes de dormir.
Mi primer contacto con la poesía fue en el momento en que estaba aprendiendo a leer y escribir. Cayó en mis manos —ni sé bien cómo—, un libro de versos sencillos de José Martí. Mis primeras letras están en ese libro, que aún conservo. Imagina lo que le hace eso al alma, esos versos quedaron grabados a fuego para siempre.
Luego, en los libros de clase en la primaria. Recuerdo que el libro de lectura de tercer grado tenía el “Romance de la niña mala”, de Raúl Ferrer, que me gustó tanto que me lo aprendí de memoria, y en las reuniones de amigos mi papá me pedía que lo recitara. En los libros de literatura del preuniversitario también recuerdo partes dedicadas a la poesía y siempre me sentía atraída por ella, sin que fuera algo muy consciente, me agradaba.
Ya en la Universidad, en la carrera de Derecho, afortunadamente tuve como profesor a un erudito y lector empedernido, como lo es José Walter Mondelo García, alguien muy importante en el desarrollo de mi pensamiento, profesor de Teoría y Filosofía del Derecho y de una asignatura maravillosa que imparte en primer año: Derecho y Literatura. Ahí entré en contacto con la poesía española de la guerra civil, y de otros tantos grandes de la poesía universal. Recuerdo especialmente la impresión que me causó leer por primera vez, a raíz de las clases, los veinte poemas de amor de Neruda. Fue un impacto total.
Luego cayó en mis manos, también gracias a Walter, un cassette con las grabaciones de los poemas de Mario Benedetti en su voz. Los oí una y otra vez hasta que terminé copiándolos todos a mano. Por ahí los conservo todavía.
Pero aún no era nada cotidiano como lo es hoy. Eso empezó hace alrededor de unos 5 o 6 años. Un día, René Fidel González García, gran amigo y también alguien muy culto y lector empedernido, publicó en su muro de Facebook el inmenso poema “Me basta así”, de Ángel González, de quien yo nunca había oído hablar.
Recuerdo que varios amigos pensamos que el poema era del propio René, y se lo comentamos; él aclaró quién era el autor y me sugirió buscar en internet. Y ahí comenzó todo. La emoción cuando empecé a leer los poemas de Ángel fue tal, que decidí en ese momento que ese sentimiento debía estar presente cotidianamente en mi vida.
Ángel fue el poeta que me hizo una asidua lectora de poesía, lo cual no tiene nada de raro, pues, como luego supe, su gran amigo Benjamín Prado (otro excelente poeta español) dice que si sales de algún libro de Ángel sin ser lector de poesía, sigues sin serlo toda la vida, pues sus poemas parecen algo muy sencillo, pero cuando te vienes a dar cuenta, te han atrapado, y ya eres un lector de poesía. Eso fue exactamente lo que me pasó a mí. A partir de ahí empecé a leer poesía con avidez, desaforadamente, todo lo que me caía en la mano; y aún no he parado y no creo que lo haga algún día, pues la poesía es infinita. Ella se ha convertido en oxígeno, refugio, tabla de salvación, compañía.
Siempre busco encontrar esa emoción que resulta de leer un poema que conecta con tu manera de ser y de vivir. Por eso surgió la idea de poner cada día al despertar un poema en mi muro de Facebook. Eso me da alegría y felicidad. Siento tanta libertad cuando escojo el poema del día, le busco una imagen y lo publico, o hago homenajes en los aniversarios de los poetas. La poesía ayuda a vivir, permite respirar y la gente lo necesita mucho, aunque no se dé cuenta, y lo agradecen. Facebook ha sido, para mí, una excelente plataforma para conocer de poesía y conocer muchos poetas y su trabajo. Me parece un excelente medio para divulgarla.
¿Qué características debe tener un poema para que te resulte atractivo?
BC: Realmente, no tengo predilección, a la hora de leer, por ningún estilo en particular. Lo que un poema debe tener para atraerme es esa fuerza que conecta conmigo, mi realidad y mis emociones.
DZ: Primero, que no tenga culteranismos excesivos ni términos muy rimbombantes. Soy más de la poesía sencilla o poesía de la experiencia, de eso que en los años 80 en Granada llamaron “la otra sentimentalidad”. Esa poesía cercana a la gente que sientes que perfectamente podrías haber escrito tú o que habla de ti.
En segundo lugar, que no sea vulgar. Siento que la vulgaridad no es compatible con la poesía, salvo escasísimas excepciones muy justificadas. Y sin lugar a dudas, el poema debe conmoverme. Es muy difícil explicarlo porque es algo muy subjetivo, varía de persona a persona. Hay grandes poetas que pueden no decirte nada, y ni tú estás mal, ni ellos dejan de ser por eso grandes poetas.
También los poemas tienen vida propia. O sea, a veces de un poeta te gusta solo un poema. O a veces no sabes por qué no te atrapa la poesía de alguien, si por el estilo o por tu gusto debería encantarte. Creo que lo esencial en un poema es su capacidad de conmover, y eso depende de las personas. Los grandes poetas son capaces de conmover a más personas.

¿Tienes predilección por la poesía de otras literaturas que no sea la cubana? ¿De cuál período?
BC: Me gusta la poesía en general, venga de donde venga, siempre y cuando logre esa conexión que antes mencionaba.
DZ: Sí, sobre todo la poesía española de las diferentes generaciones: del 98, del 27, del 50. Son imprescindibles Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, José Hierro, Ángel González, Pedro Salinas, Francisca Aguirre y tantos otros pertenecientes a esas tres generaciones que es de lo más grande de la poesía mundial en el siglo XX.
También la poesía mexicana: Jaime Sabines, Efraín Huerta, Octavio Paz, Carlos Pellicer…. Igualmente la poesía francesa: Paul Éluard, Jacques Prévert, Charles Baudelaire son mis preferidos. Y agregar la poesía argentina, donde encontramos colosos como Juan Gelman, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego, Pedro Palacios (Almafuerte), Leopoldo Lugones y Oliverio Girondo…
No puedo dejar de mencionar a los grandes que me han influido en la poesía cubana. Esta es trascendental para cualquier lector que se precie de serlo. Empezando por José María Heredia, José Martí, Julián del Casal; y más próximos: Eliseo Diego, Gastón Baquero, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Carilda Oliver Labra, Jesús Cos Causse, Dulce María Loynaz. Hay más citables, pero estos son mis imprescindibles.
¿Te sucede que cuando lees un poema que conecta de manera intensa con tu sensibilidad, asumes la voz del poeta como propia, sientes que habla por ti, desde ti?
BC: Sí, me ha sucedido muchísimo. Desde muy niña me viene pasando.
DZ: Absolutamente. Los poetas dan voz al resto. A veces los lees como si los hubieras escrito tú. Y eso hace que no te sientas solo, pues alguien pensó lo mismo que tú estás pensando, ya pasó por un dolor, por un amor que tienen puntos de contactos con tus vivencias, y eso te ayuda a vivirlo.
Por eso digo que la poesía es compañía. De pronto encuentras que tus inquietudes o tus dolores no son tan tuyos ni tan únicos como creías, y te aporta una manera más colectiva, menos solitaria o egoísta de ver la vida.

¿Qué buscas en la poesía? ¿Qué encuentras?
BC: En la poesía busco y encuentro mi lugar, mi alimento espiritual, que me es imprescindible y convive dentro, junto a mis necesidades vitales.
DZ: Busco emoción, sensibilidad, aprendizaje. Encuentro paz, refugio, experiencia, compañía. Y creo, además, que una de las cosas más importantes que da la poesía es el desarrollo de lo que Josep Massot llamó un sistema inmunitario lingüístico. Te enseña, como decía él, que las palabras pueden tener doble o triple fondo.
Al lector asiduo de poesía le es más difícil venderle una mentira, el que está acostumbrado a leer a Lorca o a Dante está entrenado para detectar las incongruencias, las falacias o lo que Massot llamó “la madera podrida del lenguaje”. El lenguaje poético es una forma de libertad. Te das cuenta ahí de todas las formas que puede tener la expresión, la palabra. A mí me gusta mucho la frase suya que dice que “el que no capta la ironía de un verso, tampoco captará la mentira de un demagogo”. Eso es esencial en los tiempos que corren. Creo que es exacto y creo que es de lo más grande que aporta la poesía, esa capacidad de saber que hay un misterio detrás de lo cotidiano. Ya lo dijo Lorca, que la poesía es el misterio que tienen todas las cosas.
Luis García Montero, poeta al que admiro, cuenta algo que es reflejo de eso. Siendo niño, en Granada, un día fue a dar a sus manos un libro de la poesía de Lorca; lo abrió justo en el poema sobre los lagartos (El lagarto está llorando. La lagarta está llorando. / El lagarto y la lagarta con delantalitos blancos. / Han perdido sin querer su anillo de desposados), y él, como estaba acostumbrado a cazar lagartos, de pronto no entendía cómo ahí decía que podían llorar, casarse, perder anillos, y empezó a verlo todo diferente.
Ahí está, esa es la poesía, el misterio detrás de lo que resulta cotidiano. De momento miras a la luna y sientes que conversa contigo o miras al río y no solo ves agua que corre, esa agua te dice más cosas de lo que ella en sí es. Eso es la poesía.
Hay una anécdota de Carilda que cuenta la hermana en su biografía. De adolescente, Carilda decía que la luna le hablaba; la hermana confesó que se paraba todas las noches mirando al cielo y a ella la luna nunca le dijo nada. Esa es la sensibilidad poética.
Hay quien dice que la poesía nos provee de más preguntas que de respuestas. ¿Qué piensas de eso? ¿Es tu caso?
BC: Creo que sí, responde a muchas inquietudes propias, pero al final deja muchísimas más interrogantes, y en ocasiones me deja deseos de plasmar también mi sentir.
DZ: Creo que eso puede decirse más bien de la filosofía, aunque poesía y filosofía están muy cercanas. Los grandes poetas son filósofos. Pero sí creo que la poesía da muchas respuestas. Es cierto que ayuda a indagar en las preguntas, pero, sin proponértelo, la mayoría de las veces encuentras respuestas.
¿Tienes un lugar predilecto para leer?
BC: Cuando era pequeña, tenía un sitio de la casa, muy sencillo, un librero hecho por papá y un escritorio hecho por mi abuelo, con sillón de mecerse incluido. Ahora, como adulta, soy más flexible, puedo leer en cualquier sitio donde me sienta en paz.
DZ: Me gusta leer en los parques, en los cafés. Cuando estuve fuera de Cuba, en el tranvía siempre iba leyendo. Trato de tener un libro de poesía a la mano para cuando se dé cualquier oportunidad. Cuando estoy en casa, mi lugar preferido es el sofá de la saleta, al lado de la puerta con vistas al jardín. Sobre todo en las tardes, y si son lluviosas, ¿qué más se puede pedir? Encuentro pocas cosas tan poéticas y que me animen tanto a leer (y escribir) como la lluvia.
¿La lectura de la poesía te aísla momentáneamente de la realidad o te conecta más con ella?
BC: Me suceden ambas cosas. Escapo de la rutina para, a su vez, conectar más con la realidad, ya sea social, sensorial, afectiva, dependiendo del poema que lea.
DZ: Me aísla, es como otro nivel al que uno sube para escapar de lo cotidiano. Sobre todo, en estos tiempos tan oscuros que nos ha tocado vivir, y con las desastrosas condiciones políticas y sociales de nuestro país hoy, que requieren todo el empeño posible para seguir viviendo y no enloquecer definitivamente.
Lo cotidiano es necesario y hay que atenderlo, pero siempre con esa puerta de escape en cuanto haya oportunidad. La poesía es lo que ayuda a soportar tanta realidad. Es como un mundo paralelo que da oxígeno, que da alegría, que sostiene y permite aguantar todo lo demás. Yo habito en los poemas.
Haciendo la tesis de doctorado, me preguntaban cómo tenía tiempo de leer y compartir tantos poemas. Y yo respondía que si no fuera por la poesía no podría hacer la tesis, que era lo que me daba fuerzas para seguir.
Recuerdo un excelente poema de Baudelaire que dice que hay que estar siempre ebrios para no sentir el horrible peso del tiempo, de poesía, de vino o de virtud, pero hay que embriagarse. En mi caso, es de poesía. De virtud, uno lo intenta, pero no siempre se logra; y de vino, pues de vez en cuando. De poesía sí puedes embriagarte sin remordimientos.
Además de que también permite dar testimonio (parafraseando al gran Eliseo), por muy doloroso que sea, de la realidad y los tiempos. Encuentro en Facebook frecuentemente muy buenos ejemplos de eso. La poesía es también el desahogo ante lo terrible que lacera.
Hay poetas que aseguran que empezaron a escribir con el propósito expreso de enamorar muchachas. ¿Te parece una motivación válida? ¿Crees que la poesía tenga capacidad de enamorar? ¿Te ha sucedido que te hayas enamorado de alguien a través de la poesía, bien porque esa persona sea el autor del poema, bien porque los poemas intercambiados te/le han servido para iniciar el galanteo?
BC: Cualquiera que sea el motivo que lleve a alguien a escribir, es válido. Al final, es como un brote, una erupción de algo que llevamos dentro y se vuelve incontenible.
Me enamoré una vez por medio de la poesía. Se trataba de alguien que escribía poemas y muchas veces los hacíamos a cuatro manos. A través de esa persona experimenté un despertar después de años sin escribir, ya que siempre llevé la poesía dentro. Fue hermoso.
DZ: Es una motivación válida, de las más comunes. Qué mejor que la poesía para ello. Las mujeres tradicionalmente somos sensibles a la poesía, aunque, obviamente, no quita que pueda ser a la inversa, y sea una muchacha la que conquiste a un muchacho escribiendo poemas; fuera de los estereotipos. La poesía es la habitación ideal para el amor.
No creo en estereotipos de género, mucho menos en la poesía. Decía la poeta italiana Alda Merini algo que me gusta recordar: “La sensibilidad no es femenina, es humana. Si la encuentras en un hombre, se convierte en poesía”.
¿Piensas que la lectura de un poema se enriquece con la experiencia del lector? Un texto leído a los 15 años no te parece igual que a los 20. ¿Has tenido esa experiencia?
BC: Me ha sucedido frecuentemente. He vuelto a varios textos años después y ha cambiado mucho mi perspectiva, sobre todo lo referente al amor y la maternidad.
DZ: Un poeta del que he aprendido mucho, Waldo Leyva, siempre dice que el lector completa el poema. Luis García Montero, también para mí poeta de cabecera, dice que el hecho poético se completa cuando el poema es leído por alguien. Y me gusta esa manera de verlo porque hay veces que, como lector, uno encuentra cosas en los poemas que no tienen nada que ver o no se parecen a lo que el autor quiso decir. Y tiene un alcance más allá de lo que propiamente está escrito.
Igual que con los libros en general o con las películas, uno nunca es el mismo cuando vuelve a un poema cierto tiempo después. Un poema nunca te dice lo mismo, por eso siento que la poesía es siempre nueva. No importa cuántas veces lo hayas leído. No recuerdo quién dijo que si un poema te dice lo mismo dos veces, hay algo mal contigo o con el poema. Las experiencias te ayudan a entender lo que en otro momento no podías.

¿Has encontrado en algún poema algo que querías decir y no sabías cómo? ¿Te es común la frase: “Esto debía haberlo escrito yo”?
BC: Me pasa constantemente. A Dianelis se lo comento cuando le envío algunos poemas. Le digo: este poema soy yo.
DZ: Sí, me ha pasado y la frase la he dicho. Tú sabes que tengo una relación especial con el gran poeta cubano Waldo Leyva, quien es una persona extraordinaria y se ha convertido en mi segundo padre, alguien entrañable que me ha enseñado enormemente en lo personal y lo poético y literario en general. Antes de conocerlo, cuando empezaba a leerlo, me encontré con “La incondicionalidad es un oficio”, un excelente poema, y fue la primera vez que sentí eso, que yo lo había escrito, y lo dije mentalmente: ‘Esto lo escribí yo’. Y hasta hoy me acompaña esa sensación. Cada vez que lo leo así lo siento. Creo que los versos se vuelven más de quien los acoge y hace suyos que de quien los escribió. Como se ha dicho muchas veces: la poesía es de quien la necesita.
Me pasó también con “El dogmatismo es la prisa de las ideas”, de Luis García Montero. Siento que mi alma está en ese poema. Y me pasó también con el poema “Testigo de excepción”, de la poeta alicantina Francisca Aguirre, que, como tengo una relación especial con el mar, me vi reflejada en ese poema. Esos son los casos más significativos.
¿Cuáles son tus poetas favoritos, a los que siempre vuelves?
BC: Tengo muchísimos poetas a los que siempre regreso, y también me encanta descubrir otros. Tal vez eso es lo que más amo de la poesía, su capacidad de sorprender. Me cuesta mencionar solo unos pocos y que se me queden muchos. Algunos de mis preferidos serían José Martí, Lorca, Waldo Leyva, Héctor Miranda, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Fina García Marruz, Dulce María Loynaz, Carilda Oliver, Pedro Salinas…
DZ: Tengo mi parnaso particular (como todo el mundo, supongo), y si algún día logro tener una biblioteca, ahí estarán sus fotos. Ya muchos los he mencionado. En esas paredes estarían Ángel González, Jaime Sabines, Waldo Leyva, Luis García Montero, Eliseo Diego, Miguel Hernández, Antonio Machado, José Martí, José Hierro, Juan Gelman, Carilda Oliver, Mario Benedetti.
Esos son mis imprescindibles, a los que vuelvo siempre, los que me han conformado como lectora de poesía. He sentido mi voz en la de ellos. Aunque suelo leer de todo, no me limito. Le doy la oportunidad a la poesía de que me sorprenda; no soy excluyente.
Si quisieras incitar a una amistad a que leyera poesía, ¿cuál poema le mostrarías?
BC: Le mostraría dos sonetos que creo es imposible que no gusten y hagan conectar: “Me desordeno, amor, me desordeno” , de Carilda, y “Ama la superficie casta y triste”, de Fina. Este último lo leí por primera vez gracias a mi mejor amiga.
DZ: Alguno de los que he mencionado ya, pero normalmente suelo mostrar “Dato biográfico” y “Me basta así”, de Ángel González.
Si yo tuviera que demostrarle a alguien lo que es la poesía, lo haría con esos dos poemas porque tienen la virtud de pulsar las dos cuerdas que para mí tienen los grandes poetas: ser capaces de escribir un poema de amor que te eleva y derrite al mismo tiempo, y otro de temas sociales o políticos más crudos. Y en esos poemas Ángel lo logra magistralmente. En el primero, con esa ironía que él dominaba como nadie, y porque uno no imagina que pueda escribirse algo tan hermoso y con tanto contenido sobre las cucarachas. Era lo que te decía del doble y triple fondo de las palabras y la poesía. Lo he leído más de una vez cuando la gente me dice que no lo conoce, y todo el mundo se impresiona.
¿Las personas con las que intercambias poemas en las redes tienen alguna característica en común?
BC: Sí, son amantes de la poesía como yo.
DZ: Sí, todas son fervientes lectoras de poesía, y se encuentran en la voz de los poetas y creen en su poder para hacer mejor el mundo. Ahora no puedo dejar de recordar a nuestra querida Yadira Álvarez Betancourt, que lamentablemente ya no está con nosotros, pero fue una persona fundamental cuando empecé a compartir poesía en las redes, pues teníamos el mismo amor, la misma devoción por la poesía y compartíamos, sin ponernos de acuerdo y sin conocernos de antes, la misma visión estética de la poesía y de cómo socializarla, buscándole siempre una imagen que tuviera que ver con el poema, que transmitiera también en lo visual, no solo en lo literario.
De algún modo he tratado de que ella siga estando en los poemas que publico, adoptando luego de su muerte el hashtag que siempre usaba: #Porfavorleapoesía. Es una manera de sentir que ahí está todavía.
Además, son personas que disfrutan compartiendo poesía y te ayudan a crecer. Nunca olvido que el primer libro completo de Waldo Leyva que yo me leí me lo compartió ella (Yadira).
Ahora también está Bea Couso, que tiene un talento enorme y es una persona de esas con la que sientes que vibras en la misma sintonía. Además de que escribe unas glosas maravillosas y yo tengo debilidad por las glosas, creo que son la perfección hecha poema.
En Facebook, que es la red que más utilizo para compartir poesía, hay una gran cantidad de personas que, aunque no siempre escriben, viven por y para la poesía; también muchísimos poetas, cubanos y extranjeros. Y eso hace que cuando entro vea siempre un poema nuevo, y eso me da alegría. Sigo, además, muchas páginas de poesía que son magníficas. La poesía ayuda a crecer, a expandirse y creo que divulgarla en las redes es una excelente oportunidad de que llegue a más personas y darle un uso útil y adecuado a las redes.
¿Tienes amigos poetas? Si es así, ¿es cierto que los poetas son seres de trato difícil?
BC: Tengo muchos amigos poetas y son personas maravillosas y sensibles todos. Tal vez lo veo así porque pertenezco al gremio. Tenerlos es lo mejor que me pudo suceder en los últimos años.
Aquí debo mencionar a algunos que a su vez son de mis preferidos y por eso no los incluí en la pregunta anterior: Jorge Luis Mederos (Veleta), Jorge García Prieto, Rosabel Pi, Alejandro Muñoz Aguilera, Carlos Esquivel, Alexander Besú, entre otros.
DZ: Los tengo. Y como te contaba, tengo hasta un papá adoptivo poeta. No creo que sea gente de trato difícil, sí muy sensible y aguda, y eso puede hacerlos un poco particulares para el que no está acostumbrado, pero como yo comparto también esa sensibilidad, pues no me resulta tan extraño. Sobre todo, son gente que no se cansa de encontrar la belleza en lo más nimio, en lo más simple, y que aún conserva la capacidad de asombro. Y eso es extraordinario. ¿Qué sería de nosotros sin los poetas? (Que conste que ahí están incluidas también las poetas. Contrario a la corriente que se ha impuesto, creo que en ese plural genérico se incluye todo el género humano sin distinguir sexos, por eso no me detengo normalmente en esas pequeñeces, porque nunca me siento excluida cuando se utiliza un los, pero hago la aclaración por si acaso a alguien le molesta).
La poesía, esa sustancia indefinible, es anterior a los géneros literarios. Está en el origen del habla. Desde esa perspectiva, ¿cuál sería el hecho de mayor trascendencia poética de tu vida, ese momento especial en el que sentiste que estabas viviendo una experiencia irrepetible, por lo sublime o lo terrible?
BC: En este sentido, creo que el hecho de mayor trascendencia poética fue plasmar en un poema lo más doloroso de mi vida, eso que permaneció bajo siete llaves desde que era una niña, eso que no hablo con nadie. Hace menos de un año pude hacer catarsis a través de un poema, y fue muy liberador.
DZ: Podría ser el haber podido visitar en España, durante los estudios de doctorado, las casas natales de Federico García Lorca, en Granada; de Miguel Hernández, en Orihuela; de Antonio Machado, en Sevilla, y de Rafael Alberti, en el gaditano Puerto de Santa María, o lo que yo llamo jocosamente el Camino de Santiago de la poesía.

del poeta. Foto: Cortesía de la entrevistada.
Algunas de ellas soñaba visitarlas desde siempre, como la de Miguel o la de Machado, otra fue un regalo de la vida y de gente muy querida, como la de Lorca; y otra fue una total sorpresa, como la de Alberti. Para mí fue absolutamente gratificante y entrañable, y como tal lo atesoro. También pude hacer la Senda del Poeta, en homenaje a Miguel Hernández, de su casa en Orihuela hasta su tumba en Alicante. Un recorrido de varios días que las diferentes asociaciones que conservan la memoria del poeta se empeñan en mantener viva y que fue para mí una experiencia inolvidable.
¿Cometes poemas? ¿Los muestras?
BC: Sí, ya lo comentaba antes, escribo como una necesidad. No me considero buena o mala en esto, tampoco le llamaría un hobby, porque sería desplazar mucho lo que la poesía representa en mi vida. Escribo, escapo, me libero y más allá de cualquier calificativo, a través de la poesía soy muy feliz.
Suelo publicar algunos poemas en mis redes, aunque la mayoría los comparto con un círculo íntimo de amigos. A Dianelis le encanta, especialmente, que le haga glosas. Ella es amante de la décima, y muchas veces me envía cuartetas para que se las glose en décimas.
DZ: Sí, cometo poemas, o algo así. Es curioso, porque a mí nunca me había gustado escribir, nunca pensé que escribiría nada ni tuve la intención de hacerlo. Sin embargo, cuando empecé a leer con la avidez que te comenté, arranqué a escribir. Salió solo, sin proponérmelo. Aun sale, es completamente autónomo, de inspiración, y si cuando surge la idea no la escribo, se va y no se recupera.
Los he mostrado a algunas personas cercanas, amigos, poetas, y los elogian. De todas maneras, no pretendo creerme lo de poeta, respeto mucho esa palabra y siempre sentiré que me queda grande.
Cuando me invitan, los leo, pero no me abandona ese sentimiento. Y a veces (pocas, tomando en cuenta toda la poesía que publico) los he publicado en las redes, sobre todo por exhortación de gente querida que cree que valen la pena. En todo caso, me da más placer leer poesía que escribirla. La escribo porque no puedo evitarlo cuando sale. Lo que sí escojo cada día de mi vida con toda la voluntad del mundo es leerla. Lo que sí soy es una gran lectora de poesía y agradezco a los muchos amigos que, como saben, eso me regalan o prestan libros de poesía.

de la entrevistada.
¿Crees que la poesía, su gusto por, su ejercicio, se da por contagio o es una condición innata que se desarrolla o no?
BC: En mi caso fue, en gran medida, algo innato, que se desarrolló leyendo y escuchando poesía. Tienes que nacer con ese talento o predisposición, pero es algo que debe alimentarse.
DZ: Creo que se puede desarrollar el amor por la poesía porque alguien te lo haya inculcado o porque tú mismo lo descubras. No creo que sea innato, sino algo que se descubre y se va cultivando o no. De pronto, un buen día, te encuentras en la palabra de un poeta y ya no puedes explicarte tú o explicar al mundo si no es a través de ella. En mi caso, digo como el excelente poeta santiaguero León Estrada, en uno de sus versos:
La poesía es mi vicio,
el que me va a matar,
el que yo quiero.
Glosa a Miguel Hernández
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.
Miguel Hernández
Nos besaremos locos de versos y amapolas,
nos besaremos cuerdos en los montes desiertos,
atados y envolventes como las mismas olas:
con el amor a cuestas, dormidos y despiertos.
Nos amaremos tristes como las simples cosas,
como el hollín que adorna la tez del vagabundo,
como el rocío inerte que hace brillar las rosas
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos se rompe la aurora en mil cristales
y veo pasar la vida por tus ojos abiertos,
tu cuerpo se transmuta en dulces manantiales:
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos.
Me besas y la noche se hace poblar de soles,
me besas y destierras mi espíritu iracundo.
Mientras siembras mi cuerpo de besos-girasoles
se besan los primeros pobladores del mundo.
Bea Couso
La noche
y nadie puede contemplarla sin vértigo
y el tiempo la ha cargado de eternidad.
Jorge Luis Borges
La noche parece interminable.
Se extiende rotunda y avasalladora
sobre la ciudad adolorida,
la angustia se apodera de las horas.
La noche envuelve todo en sombras,
y parece que no acaba nunca,
pero dentro de ella hay vida;
allá en el fondo, empecinada y titilante
sobrevive la esperanza de volver a ver el alba.
La oscuridad que se cierne sobre ellas
no implica la muerte de las cosas.
La noche parece interminable,
pero se sobrevive con la certeza
de que cuando más negra se torna,
comienza el día.
Dianelis Zaldívar













